DIARIOS DE NEW YORK (WARDS ISLAND)






DIARIOS DE NEW YORK (WARDS ISLAND) 


Unido por un puente peatonal que pasa sobre el Hudson river está Wards Island. Un islote que debido a las sucesivas generaciones y circunstancia ha sufrido variados cambios, desapercibidos para muchos. Allí, solían formarse grupos de personas que se dispersaban de un lado a otro. La vista de la ciudad era majestuosa, hombres y mujeres se postraban ante aquella observación infinita haciendo un re examen de si mismo. El refinamiento y la elegancia en unos, los movimientos descoordinados, y las pieles rasgadas por la incidencia de la heroína en otros. 

El verde era un color minoritario, imbuido por el vidrio, el concreto y el hierro que se disputaban los espacios en Manhattan. De noche, los rascacielos iluminaban el horizonte amenizando con su vista el ultraje. Juntos descubríamos entornos hasta casi revivirlos: un psiquiátrico, campos de béisbol, fútbol y tenis, zonas de picnic. Un teatro ruinoso al que iba para aislarme del resto.








Para entrar y salir a través del Triboro bridge usábamos el M35, un transporte publico que cubre la ruta desde Schwartz building hasta la 125th y Lexington aveneu. El trayecto aunque corto es interminable, más, al unirse el invierno con las improvisaciones de los usuarios. En Ward Island sentía una aceleración, un vahído. La mente vagaba tratando de buscar el valor para enfrentarme al peligro. Me sorprendía y me espantaba a la vez. Solía ensimismarme en dos polos contrarios, ir más allá, dándole riendas sueltas a mi mente y a mi espíritu. Por las calles conocí a Carel, Alexandre y Rima, quienes junto a Keith y Nastacia hacían un establisment en la zona. Coincidíamos que New York era una ciudad que arrastraba al mundo, escrutar un significado se volvía imposible. Por ello era mejor dejar de afanarse y salir a caminar. En sus calles siempre se conseguía algo despreciable o inimaginablemente hermoso. 


Nos distinguimos ejerciendo un rol particular, descubrimos semejanzas en nuestro destino de escape constante, pero el anclaje del vicio era más fuerte que cualquier razonamiento, solo el cansancio y las enfermedades daban cuenta de ello. Deliberar una y otra vez sobre esa constante intencionalidad era enfermizo. Unos lo catalogaban de cobardía, otros decían que necesitábamos más para sentar raíces. Era tarde para dolores de cabeza o para pensar. Seguiría haciendo caso a mis premoniciones. En aquel instante tenia que razonar lo que estaba viviendo. 


Los domingos de otoño eran los mejores, la cuaresma, el periodo que precede a la pascua. Tras el puente peatonal que conducía a la 103th repetíamos la reunión día tras día hasta la llegada del invierno. La primera noche fatal llego cuando Alexandre entre convulsiones se desplomo en el piso, permanecimos en silencio, la suma continua de fatalidades no nos hacía retroceder. Esa misma noche asumimos aumentar la cuota de nuestros excesos en su honor. Ya había dado avisos al sentir un dolor punzante en el pecho. Cuando se desplomó se encorvó con rigidez, luego fue soltándose y quedo tendido hasta que llegaron los servicios de emergencia. Sus ingeniosas ocurrencias desaparecieron con la enfermedad. 

Su ausencia se notaba. Lo internaron y a la semana regreso haciendo bromas sobre las fatalidades. Lo trasladaron al Schwartz building. Esperamos en una fría sala, luego nos abrimos paso entre personas que mostraban un estado de precariedad absoluta. Decenas de camas en salones divididos por pequeñas paredes, largos e interminables pasillos ruinosos. La humedad se incrustaba en los huesos generando una sensación asfixiante. De repente, sin previo aviso, siempre alguien despertaba de la sedación y se iniciaban cruentos combates que dejaban heridos rompiendo la paz de los convalecientes. 

Aquella reunión enfermiza de criminales, sádicos y adictos extremos, era una bomba de tiempo. Nadie se libraba de las consecuencias físicas y mentales de aquella tortura. Así lo había constatado al perder a más de la mitad de mis conocidos, por arrestos o asesinatos. Pocos quedamos intentando hacer un esfuerzo de equilibrio porque el destino de los atrapados siempre era el mismo. Muchos se escondían tras los árboles, en los aseos. Los servicios de emergencia siempre acudían por las constantes y repetidas sobredosis. 

Los malos cálculos de las agujas dejaban ver la sangre regada por los pisos. Cada mañana lavaban los suelos, desinfectaban las camas y las paredes pero la peste mortífera jamás era erradicada por más sistemas de seguridad y de control que se implementaran. Cada error era un brindis, cuando algunos vertían en sus venas un brindis, otros, del humo provocaban la lucidez al aspirar. Yo me quedaba tratando de aniquilar todo el liquido en una forma muy intima hasta que las sacudidas violentas llegaban en todo el cuerpo y volvía a situarme. Aquel recuento suplantaba la noche y casi amanecía. 
 Muchos habían perdido la razón, otros comenzaban a perderla. Lejos de sanar se provocaban otra crisis. Ward Island conservaba su tradición en el tiempo: hospicios, centros de salud mental, campos de algodón.  En la guerra se trasladaron cientos de miles de cadáveres a la isla, convirtiéndola en un cementerio para los pobres, ahora es un lugar para turistas excéntricos, enfermos e indigentes con la idea, posiblemente, de desaparecer de la vista de los testigos, la crudeza de la ciudad. Venidos de puntos opuestos del mundo coincidíamos irremediablemente y nos alzábamos contra todo. 


Compartíamos la peor de las debacles. La isla se convirtió en nuestro hogar. Durante meses permanecimos convulsos, al ritmo de una descargar, de un estremecimiento que nunca imaginamos tener. Sentí una comunión exaltante, la libertad de mis actos no estaba en entre dicho. El concreto y el parque hicieron una relación perfecta, entendí así, a los que habitan desconectándose de todo. 
Estuve tentado a la permanencia pero hice un esfuerzo sobre humano para desencajarme recuperando todas las motivaciones que me habían perdido inspirado en el pasado. Necesitaba enterrar las ficciones mirando el Sodoma con todas sus facultades rodeándo, sacudiéndome. Desde el brindis perpetuo, desde el ángulo de una isla, de un río y un puente, que separando une a los que por voluntad propia se excluyen. 

Un punto en el mundo hasta donde habíamos sido arrastrados y ahora unidos. Aquella proyección me invitaba al extremo, a reconocerme en algarabía. Tendría así, que saltar de la trampa del placer vuelto infierno pero antes experimentarlo hasta el limite más peligroso y ruin. Comencé a mezclar la idea del futuro sintiendo una angustia sin proporción. Lo repetía varias veces resaltando entre líneas que aquello era yo en mis múltiples circunstancias, un limbo desde una pequeña luz, hasta que las sudoraciones, ataques de ansiedad, ritmos cardíacos acelerados se apoderaron de los movimientos poniendo en entre dicho la estabilidad. 

Me contuve experimentando todo el proceso, estaba consciente de los riesgos pero los afrontaría. Cuando dormía nuevas ideas se posesionaron de mi mente haciendo una extraña suma de situaciones. La asfixia continua fue en decrecimiento cuando la ilusión se afianzaba. Desde entonces distraerme fue imposible. Había que recontar bajo el influjo, emanar, mirarme por dentro desde cada extremo. Bajo influencias cambiantes de la vida y del lenguaje intentar la propiedad de una vida para dejar constancia.  Me costo abandonar a mis amigos más fieles e incondicionales. Muchos ya murieron, otros se abandonaros a si mismos por las calles más duras y nefastas de la ciudad. Después de la tristeza recobre la calma y establecí una nueva relación con mi destino. 

Antes de irme vi con más claridad aquel viejo teatro en ruinas donde me aislaba. Comprobé su hundimiento a mitad del parque. Entre por última vez. Los proyectores y las butacas apiladas una sobre otras. Una luz penetraba a través de un techo parcialmente caído. Imaginaba los momentos íntimos de su tiempo, el tamaño real de la tarima bajo la escena. Pensé, en como se caracterizarían cada uno de los periodos. Conmigo todo excedía lo propiamente seguro. Un desconocido pone de relieve y proclama su insignificancia en el universo, va y viene entre lo que se deshace. Insistí en sentirme insaciable y trace la penúltima forma de escape.






Juan Carlos Vásquez, Valencia, Venezuela. Autor del libro de relatos Pedazos de Familia (Estival teatro, Venezuela 2000). Otros textos han sido publicados en diversos volúmenes colectivos y antologías en Chile, México, EE.UU. y España; asimismo en columnas periodísticas del Diario El Impulso (Barquisimeto, Venezuela). Integrante del grupo cultural Spanic Attack (New York, 2004). Obtiene distinciones en los Concursos de Poesía Pro lingüístico y Multimedia Premio Nosside(Calabria, Italia), Edizione 2005 y 2006. Semifinalista en el Concurso de poesía Pasos en la Azotea, México DF, 2006. Ha vivido en Tampa (Florida), Nueva York, San Francisco y Barcelona. Blog.


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