SIN ESCAPATORIA/Estrella Amaranto



Un hombre de aspecto joven y mirada cínica, cruzó una avenida envuelto en un largo gabán que le llegaba a los zapatos de charol negro tan relucientes como los rayos que iluminaban la acera por donde caminaba con paso raudo hacia el Hotel Glamintong, llevaba un sombrero negro ladeado hacia la derecha y unos guantes blancos. Cuando por fin entró dentro del edificio dirigiéndose al mostrador de recepción, recibió tres impactos de bala que le dejaron inconsciente rodeado de un pequeño charco de sangre. Nadie quiso ofrecer pistas a la policía cuando se personaron dos agentes interrogando a los clientes y a los empleados de recepción que habían sido testigos del suceso, por lo que sus pesquisas se vieron rodeadas de un gran mutismo, fruto del miedo a posibles represalias por parte del culpable o culpables.
Desgraciadamente al despertarse de la anestesia en el hospital, Renato Mezzano, había perdido completamente la memoria. Los médicos esperaron algunas semanas antes de darle el alta para ver si había mejorado su amnesia, pero fue imposible, continuaba sin saber quien era ni donde había vivido todo este tiempo, por lo que tuvieron que darle su carnet de identidad y someterle a una sesión de hipnosis, donde pudo volver a revivir la escena del hotel y el tiroteo, recordando algunos detalles como el rostro de los dos matones que le habían disparado y el nombre de otro desconocido con el que había quedado esa mañana allí mismo, un tal Giuseppe. 

Cuando por fin le dieron el alta, se dirigió en un taxi hasta el domicilio que figuraba en su carnet, pero al llegar allí, su supuesto destino ya no formaba parte de la realidad, pues la llave del apartamento que tenía en el pantalón no encajó en la cerradura y al tocar al timbre salió una mujer a la que no conocía de nada y que inmediatamente le cerró la puerta en las narices sin darle la oportunidad de excusarse.

Tras varios días vagando sin rumbo por la ciudad, acabó por visitar una oficina de empleo, donde obtuvo un puesto de trabajo como ayudante de cocina en una pizzería de un famoso centro comercial, lo que le permitía sobrevivir en busca de aquel par de gorilas que atentaron contra su vida.

Una noche cuando estaba de pie estribado sobre el mostrador de una barra americana de una sala de fiestas, con el cigarrillo en la mano, una joven se le aproximó con una melena rubia capeada y sin flequillo, que le dijo al oído: ¿te acuerdas de mi?... Yo si, eres Renato.

—¿Quien eres y por qué me lo dices?...
Soy Gina, la chica que conociste en aquel puticlub de carretera, La Rosa Púrpura. Entonces trabajabas de crupier en un casino.
Está bien, pero ¿por qué lo sabes?...
Lo sé porque conozco a los dos sicarios que intentaron asesinarte. Uno es  precisamente mi marido. Ahora no te muevas ni intentes pedir ayuda porque te estoy apuntando con un revólver. ¡Vamos, mueve el culo y sígueme!

La cámara había filmado la escena desde un ángulo normal acercándose poco a poco hasta un primer plano, donde los protagonistas actuaban sin guión, interpretando los papeles que el director cinematográfico les había asignado. Se trataba de la opera prima de uno de tantos genios del cine como esos que viven en vuestra imaginación.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados