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LA FÁBULA DEL CUERVO, EL LOBO Y LA SERPIENTE


David Rubio Sánchez (1971, Sant Adrià de Besòs). Inicié mi andadura literaria con dos talleres de escritura creativa de Aula de Escritores, después publiqué en redes literarias como Falsaria, El Relato del Mes o Literautas en cuyas antologías anuales se han recogido algunos de mis relatos.
  Con el colectivo literario de Valencia Escribe participo en su revista digital y en sus tres últimas antologías de relatos Buffet LibreEl tiempo y la vida Relatos con Banda Sonora.
  En mayo de 2016 publiqué mi primer libro de relatos de ciencia ficción  Los demonios exteriores, nacido de un proyecto literario de la página de recursos literarios Cafetera de Letras.




   Más allá de cualquier camino transitado por el hombre se encontraba una cabaña recubierta de jazmines. En ella vivía un curioso personaje que podríamos llamar el Hacedor de Cuentos, pues de su pluma surgían todos los relatos que han sido, y serán, contados por abuelos, trovadores, escritores o poetas.

   Cada mañana se despertaba con el alba y esperaba con un tazón de chocolate a que llegaran los ruiseñores para darle noticia de los sucesos acaecidos en las aldeas de los humanos. Con esa información, se sentaba en su mesa de roble, asía la pluma de un pavo real y, tras mojarla en un tintero que nunca se secaba, escribía un cuento en un pergamino. Al terminar, lo enrollaba y lo ataba con un lazo rojo, encaminándose con él hasta un risco donde, bajo la luz de la luna, lo entregaba al Viento de las musas para que se lo hiciera llegar a los humanos. Después regresaba a su cabaña visualizando el momento en el que las letras escritas se separaran del pergamino convirtiéndose en pensamiento; un pensamiento que germinaría en el hombre o la mujer que fuera capaz de comprenderlo y plasmarlo en papel.

   Pero últimamente los ruiseñores contaban hechos tristes. La vida de los humanos se había vuelto demasiado complicada. El bien y el mal ya no se distinguían con la claridad de antaño y, por eso, las historias que nacían en aquella cabaña eran cada vez más oscuras y retorcidas. El Hacedor echaba de menos la sencillez de los cuentos de princesas encantadas, de esos cerditos tan peculiares, de aquel pato tan feo o de la descuidada niña que se dejaba engañar por un lobo.

   Y así fue que un día decidió escribir historias como las que había creado tiempo atrás: con animales malvados y enseñanzas de provecho para la vida. Tan inspirado se sintió que plasmó hasta tres cuentos en sus respectivos pergaminos y, con ellos bajo el brazo, marchó al risco donde los lanzó. Satisfecho, el Hacedor observó cómo se alejaban abrazados por el Viento.

   Pero sucedió que esa noche el Viento de las musas andaba un poco despistado y los dejó escapar, perdiéndolos en un bosque de pinos. Pese a buscarlos hasta el amanecer, no pudo dar con ellos, y regresó discurriendo sobre qué justificaciones o disculpas podría ofrecer al Hacedor por tamaña negligencia.

   Si el Viento hubiera estado más atento, habría observado que uno de los pergaminos se quedó enganchado en el nido de un cuervo que comenzó a picotearlo, tomándolo por un ave que quisiera dañar a sus huevos. Al observar que sólo se trataba de un papel se tranquilizó y leyó la historia que contenía.

    —¡Esto es intolerable! —graznó indignado una vez terminó su lectura.

   Desde luego, el cuervo sabía quién era el responsable de lo que había leído. Era el mismo que había escrito tantas otras en las que siempre aparecía como ave de mal agüero o mensajero de la muerte. Fue entonces que se decidió por visitar al Hacedor para pedirle explicaciones a tanta ignominia. Tras comprobar que los huevos todavía no estaban listos para eclosionar, levantó el vuelo.

   Por el camino se encontró con una serpiente que llevaba enrollado con su cuerpo un pergamino parecido al que él transportaba en sus garras. Sus ojos de reptil denotaban enfado.

   —Amiga serpiente, ¿dónde vas tan enojada? —preguntó el cuervo posándose en el suelo.

  —¡Voy a ver al Hacedor! ¡Estoy harta de ser la mentirosa, la manipuladora, la que tienta a los humanos a pecar!

  —Entonces, deja que te recoja con mis garras, pues yo también tengo reproches que hacerle y volando llegaremos más rápido.

   Emprendieron un apurado vuelo hasta que vieron a un lobo con otro pergamino entre sus dientes.

   —¡Hermano lobo! —siseó la serpiente—. ¿Acaso vas a ver al Hacedor de cuentos?

   —¡Por supuesto! ¡Es inaudito! —aulló el lobo—. Voy a quejarme por tantas historias difamatorias contra mí. ¿Acaso no tienen fin las calumnias y acusaciones de devorar corderos, abuelos y niños?

  —Compartimos tu indignación —añadió el cuervo—. Estoy cansado de volar con el peso de la serpiente y, dado que los tres vamos al mismo destino, ¿te importaría que me posara sobre tu lomo?

   —¡En absoluto! —confirmó el lobo—. He oído historias acerca de vosotros y no os dejan en mejor lugar que a mí.


  Como cada noche antes de acostarse, el Hacedor se encontraba al calor de una fogata en el jardín. Estaba muy contrariado por la pérdida de los pergaminos. Aceptó las disculpas del Viento, pero le daba rabia que un cuento cayera en el olvido. Y ese día habían sido nada menos que tres.

   De repente, observó que algo se movía entre los matorrales. Al aguzar la vista se estremeció. Ante sus ojos apareció la sombra de una extraña figura de cuatro patas, tres cabezas, alas y un rabo que se enrollaba y desenrollaba.

   —¡Hacedor, nos debes una explicación!

  —Por favor, ¡no me hagáis daño! —suplicó—. Sólo sirvo para crear cuentos que hagan sonreír, soñar o pensar.

   —¡De eso venimos a hablar! —volvió a clamar el coro de tres voces.

  Cuando la fogata iluminó al extraño ser, el Hacedor respiró aliviado. Se trataba simplemente de un lobo, con una serpiente enrollada en su cuello y un cuervo posado sobre su lomo. Sus ojos se iluminaron al comprobar que, además, portaban los pergaminos perdidos.

 —¡Ah! ¡Qué alegría! ¡Habéis encontrado mis cuentos! —exclamó ufano—. Pero, ¿y mis modales?… mejor que pasemos a mi cabaña donde sin duda habrá un delicioso chocolate caliente que ofreceros.

   Se acomodaron alrededor de la mesa de roble. El cuervo se posó sobre el tablero, el lobo se sentó en una silla, y la serpiente se enrolló sobre una de las patas de la mesa, asomando su cabeza por encima del tablero.

  —Y bien, ¿por qué estáis tan enojados? —preguntó el Hacedor tras servir a cada uno de sus invitados un chocolate bien caliente.

   —¿Por qué siempre soy el malo en los cuentos? —comenzó el lobo—. ¿Por qué he de ser el que engaña a los niños o a los pobres cabritillos para comérselos?, ¿son mis afilados dientes?, ¿es que los humanos no crían cerdos, terneros o gallinas para comérselos después? ¿Qué tiene de pecado comer cuando se tiene hambre?

   —¿Y yo? —continuó el cuervo—. ¿Qué culpa tengo de que mi plumaje sea negro y de que los humanos identifiquen este color con la muerte? Ha de saber que gracias a ese color puedo ocultarme de los depredadores por la noche. Además, ¿desde cuándo las brujas son mis amigas?

    —¿Y qué hay de mí? —finalizó la serpiente—. Mi vida es pacífica y tranquila. ¡Si hasta hipnotizo a mis presas para evitarles sufrimiento cuando las engullo! ¿Por qué he de ser yo quien tiente a los hombres a cometer el pecado? ¿Qué sé yo de la moral humana?

   El Hacedor dio un sorbo a su tazón. Estaba desconcertado. Sólo había querido escribir tres cuentos sencillos, con una hermosa y transparente moraleja. Jamás hubiera imaginado que recibiría una reprimenda por ello. Hizo memoria de todas las historias que había escrito y, en verdad, en ninguna de ellas esos animales habían salido bien parados. Nunca había pensado que pudieran ofenderse.

   —Tenéis toda la razón. Os debo una disculpa. ¿Cómo puedo compensaros? —dijo el Hacedor.

  —¡Queremos un cuento en el que aparezcamos como los buenos, los héroes y los virtuosos! —clamaron a trío los animales.

   El Hacedor se quedó pensativo antes de volver a hablar.

  —Vuestros motivos son razonables pero debéis tener en cuenta que yo creo historias para los hombres y vosotros sois símbolos elegidos por ellos para expresar sus miedos o transmitir sus enseñanzas.

  Observó que sus disquisiciones no convencían a los animales y pensó en alguna forma de poder resolver la situación. Finalmente, tuvo una idea.

   —La única manera para poder escribir el cuento que me pedís es consiguiendo que un humano os vea dignos de ello.

    —¿Y cómo podemos lograr eso? —demandaron los tres animales a la vez.

    Tras meditarlo unos instantes el Hacedor esbozó una sonrisa y se puso en pie.

   —Lobo, tú alimentaras al hambriento, así el hombre dejará de verte como una amenaza para sus reses. —El Hacedor se dirigió después al cuervo—. Cuervo, tú le darás esperanza al moribundo, así no te verá como un presagio de su muerte y… Serpiente, tú guiarás al perdido para que vuelva a la senda correcta, de esa manera no te verán como la embaucadora voz siempre dispuesta a corromper sus almas.

    —¡Eso haremos!

  Los animales salieron raudos por la puerta. El Hacedor se quedó recogiendo los tazones de chocolate, conmovido por sus justificadas quejas. Se acercó a la ventana y silbó, apoyado en el alfeizar. Tres ruiseñores acudieron a su llamado, posándose sobre sus hombros.

    —Quiero que los sigáis y me informéis de sus andanzas.

  El lobo, el cuervo y la serpiente recorrieron juntos el camino hasta que al amanecer llegaron a las aldeas de los humanos. Entonces se separaron. Tenían que buscar un hambriento, un moribundo y un perdido.

   El lobo, escondido entre los matorrales, visitó varias granjas hasta dar con un granjero que parecía un esqueleto con piel y que vestía las ropas más ajadas que hubiera visto. Tras observarlo un buen rato, concluyó que ese hombre sólo disponía de una cabra que además tiraba a vieja.

   Decidió entonces ofrecerle un ciervo como alimento. Tras cazarlo en el bosque, lo arrastró con los dientes hasta la granja. Estaba exhausto pero seguro que ese granjero recibiría su regalo con entusiasmo. Golpeó satisfecho la puerta con las patas. Sin embargo, para su sorpresa, cuando el granjero abrió lanzó un grito de terror y, cogiendo una enorme vara de madera escondida en el recibidor, lo amenazó. El lobo, al verlo así armado, apretó los colmillos y gruñó pero al recordar su propósito decidió bajar la cabeza y tocar mansamente con el hocico el cuerpo del ciervo. Mas el hombre no entendió su ofrenda, propinándole un enorme mamporro en el lomo. El lobo aulló dolorido y se marchó corriendo.

   No muy lejos de allí se encontraba el cuervo que descansaba sobre una rama. Había visitado hospitales en busca de moribundos a los que consolar pero, o bien había llegado muy pronto o demasiado tarde. Quiso la suerte que, desde allí, pudiera contemplar a un agricultor sentado junto a su azada en el suelo. Le llamó la atención que el buen hombre tuviera vendada una de sus piernas. La venda estaba sucia y ensangrentada.

   —¡Tengo que levantarme y seguir con la cosecha! —exclamó con voz febril el agricultor—. ¿Cómo alimentaré si no a mis tres hijos?

    A continuación, el hombre se levantó con suma dificultad, apoyado en la azada, y prosiguió su tarea. El cuervo se percató de que la herida estaba infectada. Sin una cura y descanso causaría más pronto que tarde su muerte. Pero el agricultor parecía que rehusaba una cosa y la otra para seguir trabajando, aunque apenas pudiera mantenerse en pie. Así que el cuervo decidió revolotear alrededor suyo para, al menos, darle ánimos con los que continuar su labor. Pero el agricultor, al verlo, levantó su azada contra él.

   —¡Márchate, pájaro de mal agüero! ¡Acaso crees que moriré por culpa de esta herida! ¡Estás equivocado si piensas que no aguantaré hasta que termine la siembra!

    En uno de esos aspavientos, la afilada hoja de la azada seccionó una de las patas del cuervo. Éste logró salir volando y adentrarse en el bosque, pese al dolor que recorría todo su cuerpo.

   Los graznidos del cuervo fueron escuchados por la serpiente que se encontraba enrollada en el tronco de un árbol. El reptil no sabía cómo cumplir con su cometido. Dar de comer al hambriento o dar esperanza al moribundo le parecían tareas sencillas, pero guiar al perdido suponía comprender la ética humana y ella sólo era un animal. Tras discurrir sobre la manera de cumplir su encargo, se decidió por esperar en un escondido recodo del bosque. Si un humano pasaba por allí seguro que estaría perdido, por lo menos en uno de los sentidos. En esas, apareció un joven, casi un niño, que corría con urgencia y necesidad, como si estuviera huyendo de algo o de alguien. Llevaba una bolsa atada a su cinturón y un cuchillo en la mano. Cuando alcanzó el árbol, donde se encontraba la serpiente, se detuvo para recuperar el resuello. Se sentó en el suelo y abrió la bolsa, dejando a la vista un montón de monedas de oro.

   —¿A dónde puedo ir ahora? —se preguntó el joven mientras oteaba el espeso horizonte.

  Ni corta, ni perezosa, la serpiente se deslizó por el tronco del árbol dispuesta a indicarle el camino hacia el pueblo más cercano. Pero, al verla, el joven dio un brinco y la amenazó con su cuchillo. Esta trató de tranquilizarlo con su mirada hipnótica mientras indicaba con su afilada lengua la dirección correcta.

   —¿Tan pronto reclama el infierno mi alma? —espetó el joven asustado.

  La serpiente irguió su elástico cuerpo, lo que asustó más aún al joven que con un rápido movimiento la atravesó con su cuchillo, partiéndola en dos. Malherida, la serpiente se internó como pudo entre los matorrales.

  Transcurrieron varios días hasta que el apaleado lobo, el cojo cuervo y la media serpiente pudieron volver a la cabaña del Hacedor. Llegaron cabizbajos pues no habían conseguido cumplir ninguna de sus encomiendas. Sin embargo, el Hacedor los estaba esperando con una sonrisa y un pergamino bajo el brazo. Tras ofrecerles un tazón de chocolate, les habló:

   —¡El pergamino que veis es la historia que os prometí!

   —¿Cómo es posible? —preguntaron al unísono el cuervo, el lobo y la serpiente.

   El Hacedor llamó a los ruiseñores que había enviado tras ellos. Estos se posaron sobre su cabeza y sus hombros, hablando de uno a uno:

  —¡Lobo! —dijo el primero—, provocaste mucho miedo en el granjero al pensar que pudieras haberte comido su única cabra y quedarse así sin sustento para vivir. Por eso, cuando te marchaste, decidió vender el ciervo que tú le ofreciste y, con el dinero que recibió, compró semillas para cultivar un huerto y con sus frutos dejó de pasar hambre.

   —¡Cuervo! —exclamó el segundo ruiseñor—, tu presencia alertó al hombre de la cercanía de su muerte. Se dio cuenta de que si no curaba su herida moriría y nadie podría alimentar a sus hijos. Se fue al médico y en una semana sanó su herida. Y, aunque ha perdido parte de su cosecha, sus hijos seguirán teniendo un padre.

   —¡Serpiente! —finalizó el tercer ruiseñor—, el joven había dejado el colegio y abandonado a sus padres para ganarse la vida como ladrón. Al verte ese día, por primera vez sintió miedo de echar a perder su alma con sus malas acciones. Devolvió el dinero robado, regresó con sus padres y volvió a estudiar.

   Fue entonces que el Hacedor pidió a los por fin satisfechos animales que le acompañaran hasta el risco. El Viento de las musas estaba esperando. Al llegar, el Hacedor lanzó el pergamino y el Viento lo acogió en su seno.

  Esta vez sí consiguió llegar a las aldeas de los humanos y las letras cobraron vida, transformándose después en un pensamiento que germinó en quien humildemente les ha ofrecido esta historia.



Video del último libro del autor 
"Los demonios exteriores"
David Rubio

Sant Adrià de Besòs
BARCELONA

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