DIARIOS DE NEW YORK / Juan Carlos Vásquez





La vi, en segundos hice un recuento. Su rostro por primera vez era un modelo de inseguridad. Me pregunto si finalmente me atrevería a cambiar de idea pero desistió al comprobar el silencio. Todo surgió con una espontaneidad pasmante al pasar por Tampa. Volvíamos a South Beach para materializar la despedida. Jadie finalmente con incredulidad. Mi yo del pasado nunca llegó a creerse tanto, tan raro y lejano. 


Un explorador de raza, como es mi casó, debe morir explorando. Mi objetivo, era el mismo, realizar un compendio de la vida y sus matices, internarme en el verdadero mundo de las cosas. Antepuse mis ganas de conocer. Al despedirme de Riina me dirigí a la estación, compré el boleto y me senté a esperar la hora. Tenía la opción de retractarme pero no lo hice. Por el altavoz hicieron el llamado a todos los pasajeros que se dirigían a New York, alce la mochila y subí a autobús, busque mi asiento y abrí parcialmente la cortina para observar por última vez aquel sitio. Después de la tristeza recobre la calma y establecí una nueva relación con mí destino. 

Ajuste los asientos reclinables, el reposa cabeza, quería impedir que mi espalda y cuello se resintieran. Me esperaban más de veinte horas de viaje. Las primeras pausas incluyeron: FT Lauderdale, Orlando, Jacksonville, Savahna, Richmond. Finalmente me había despegado de aquella transitoriedad al dirigirme al objetivo seleccionado. Era una experiencia en toda regla. Contemplaba los paisajes naturales y urbanos que estábamos cruzando: Autovías, carreteras, caminos rurales. Bajaban y subían personas modificando abruptamente mi percepción de lugar y espacio. La ventana eran tres imágenes en ángulos oblicuos que nacían de los reflejos. Me sobreponía al resplandor para divisar sollozando con indescriptible euforia. 

Reviví el tiempo con sus milésimas: distancia, climas, fachadas humanas. Entre Fayetteville y Raleing subieron otras personas. Me mojé los labios, absorbí de aquel pozo de agua mágica para sobre dimensionar el universo. 
Entrar en núcleos urbanos aumentaba el tiempo total del trayecto. Estire, moví los brazos, piernas y cuello para evitar dolores y calambres debido a estar tanto tiempo apenas sin movimiento, en una misma posición. Necesitaba unas horas de siesta o incluso un sueño largo pero solo cabeceaba sin poder mantener la lucidez. 

Pensé, intentaba revelarme las motivaciones ocultas, las expectativas y las complicaciones por el ancho de las geografías. Todo era un antídoto perfecto, trazaría mi propia guía, la soledad no dejaría corromper mi idea, nadie intervendría en mi apreciación. Lo importante es la inconsciencia con la que se entraba en ese algo, el impulso. Cinco, diez, doce, dieciséis horas. En Philadelphia el cambio se acentuó con la arquitectura, los colores que nacían del clima eran otros. Algo muy diferente se suspendía. Exhausto pero contento arribé a New York. Lo primero que leí al cruzar el puente fue un mensaje de inmensas proporciones ( We're all gonna die) Todos vamos a morir. 

Ya en Port Authority, la principal entrada para autobuses interestatales hacia Manhattan, tomé un tren hasta la 125th y Lexington street. Caminé unas pocas calles hasta un hotel que me habían recomendado más por el precio que por la calidad. Descansé, dormí con profundidad por más de diez horas. Necesitaba recobrar las fuerzas para empezar de nuevo. Comprobé la verticalidad de New York, atestada de tiendas, convulsa de estructuras imponentes. Me interne en la muchedumbre y me deje arrastrar por las masas. Caminé lento, apresuradamente. Sentarse, ponerse en pie, volver a sentarse. Deliberar sobre mi extraña fascinación por los bancos en los parques. El rocío se suspendía en el aire en forma de pequeñas fibras de nieve, inusual en aquella temporada. 

Conocí el Grenwich Village, El Soho, paseé por Bowery. De Manhattan a State Island, de State Island a Manhattan contemplando los ángulos más relevantes de la isla y sus rascacielos. Comprobé la esencia de Harlem cruzando la lenox. Di vueltas y más vueltas entre lo apoteósico y las ruinas del sur del Bronx. Cada día me turnaba entre un sitio y otro observando los movimientos de la gente, aquel abanico de tonalidades rasgos y pieles que profundizaban en mi interés para siempre finalizar en un banco del parque. Aquel banco donde me sentaba estaba ubicado a unos pasos de la 110th y el central park. Ese descanso, era enmarcado por un túnel de enredaderas y flores. Lo consideré desde entonces mi lugar. Ese primer día saqué mi cuaderno, sobre aquellas páginas designaba un templo sagrado, cualidades divinas. Recuerdo haber encontrado allí, hurgando, el efecto subversivo que necesitaba para emerger . 

Lo relacione con el lugar, con las fechas. Me impactó el deseo en el lenguaje, las solicitudes. Era el efecto controlado, el gozne que abre la puerta donde la desesperación convive con la esperanza. Lo grotesco con lo estilístico, el oxígeno con el fuego. Me había obligado a rastrear el sentido de cada cosa al sugerir constantemente en una página y otra, obligándome a un efecto de captación cada vez más profundo al subir la mirada y verme allí. Aquéllas ideas me motivaron. Línea tras línea me iba develando de nuevo al ejercerme en mí autonomía. 

El lápiz quedo inmóvil, busque una nueva idea que no terminaba diciendo. Un subidón inaudito me llevo la Subway, baje, intentaria dirigirme a una dirección que no tenia tan clara. Todo empezaría a realizarse con los días. Aquel suceso me llevo a idealizar el personaje con más vehemencia. Por primera vez se había personificado ante la incredulidad ese otro yo que estaba refugiado en mi inconsciente, ese que iba a escribir, ese que estaba a punto de escribir. Esta vez lo sabía, algo más allá de lo probable estaba por formarse. Ahora exigía una respuesta continúa. Estaba consiente que el circulo de la experiencia pasaría por todas las fuentes que incluirían los problemas más inauditos y desiguales. Los primeros pasos serian dados al crearse la apertura.



                      + Diarios de New York (Wards Island)







Juan Carlos Vásquez, Valencia, Venezuela. Autor del libro de relatos Pedazos de Familia (Estival teatro, Venezuela 2000). Otros textos han sido publicados en diversos volúmenes colectivos y antologías en Chile, México, EE.UU. y España; Integrante del grupo cultural Spanic Attack (New York, 2004). Obtiene distinciones en los Concursos de Poesía Pro lingüístico y Multimedia Premio Nosside(Calabria, Italia), Edizione 2005 y 2006. Semifinalista en el Concurso de poesía Pasos en la Azotea, México DF, 2006. Ha vivido en Tampa (Florida), Nueva York, San Francisco y Barcelona. Blog