COMO VOLAR O CÓMO VOLAR

Licenciada en Periodismo por la Universidad de Valencia, ha trabajado en Radio Nacional de España (RNE). También ha estudiado Locución y Presentación de Programas de Televisión en el Instituto de RTVE. 



El hombre siempre ha deseado conquistar el cielo, experimentar la sensación de levantar sus pies del suelo a voluntad, ir contra el viento o a su favor, llegar hasta el infinito, abandonar el peso de su cuerpo y gritar; gritar al más allá sin que nadie se entere de su ahogo salvo los pájaros que -a diferencia de ‘los demás seres humanos’- ni se asombran ni padecen ni se burlan.
“Hay que volar a cada instante como las águilas, las moscas y los días, hay que vencer los ojos de Saturno y establecer allí nuevas campanas. Ya no bastan zapatos ni caminos, ya no sirve la tierra a los errantes, ya cruzaron la noche las raíces”, recitaba Pablo Neruda como portavoz de este afán. Ramón Gómez de la Serna, sin embargo, se consolaba por haber encontrado un sustituto simbólico: “El libro es un pájaro con más de cien alas para volar”. De acuerdo, leer es maravilloso, transporta, evoca… pero no nos equivoquemos. En absoluto es lo mismo. La realidad es que nuestras capacidades físicas no alcanzan a hacernos volar por nuestra cuenta. De ahí que sea para nosotros -todavía- un deseo frustrado.
Lo más que nos hemos acercado al cielo ha sido gracias al uso de accesorios que nos mantienen en el aire: un paracaídas, un parapente, un globo… No tenemos más remedio que apoyarnos en estas ‘cosas’ que nos proporcionan una libertad ficticia. Y por si fuera cierta la leyenda de Ícaro y sus plumas derretidas cuando se acercó demasiado al sol, contamos también con un medio de transporte mucho más grande, práctico y rápido: el avión. Bueno… rápido… es un decir. El trayecto lo es. El antes y el después… no. Lo de menos es montarse en él. Lo de más es llegar a la puerta de e
mbarque sin percances.
Es verdad que últimamente viajo poco, pero -hasta donde mi memoria alcanza- un aeropuerto siempre ha sido un lugar adaptado para el despegue y el aterrizaje de sus aviones. No es un centro comercial. No lo era. Pero ahora sí. Hay tantas tiendas y restaurantes que esta vez pensé que me había equivocado de parada de metro. Afortunadamente, las maletas moviéndose de acá para allá hicieron que mi mano se detuviera antes de alcanzar mi Tarjeta de Crédito. “Estate en lo que estás”, pensé.
Los escaparates y los olores a pizza, hamburguesas, café… querían acaparar toda mi atención, embriagarme y despistarme. El Aeropuerto de Barajas era un auténtico laberinto perfecto para infundir un agobio extremo incluso al ser más estable y tranquilo del mundo. Era -es- un laberinto con señales confusas que me llevaron… directamente al parking. Cuando empecé a ver coches y autobuses por todas partes sospeché que algo no iba bien y, cuando pregunté a una señora, la sospecha se convirtió en certeza. De tanto bajar… había bajado demasiadas escaleras.
Ya una vez en el piso correcto, localicé una pantalla en la que se especificaban los vuelos, pero… ¡oh, no! Todavía no indicaban cuál era mi puerta de embarque. “Y ahora… ¿hacia dónde me muevo?” -me pregunté-. “¿Recto, derecha, izquierda o… Tarjeta de Crédito?”. Dudé por un instante, pero finalmente decidí hacerle la cobra a esta última opción. Me quedé estática y bastó un selfie -por aquello de entretenerme- para que por fin apareciera en la pantalla… Puerta HJK30.
Ahora es cuando venía lo divertido: en busca de la puerta perdida. Encontré todas menos la que me interesaba. Gracias a ello, conocí medio aeropuerto, hice una buena dosis de deporte a base de andar y conocí también a un par de comerciales. El primero, en cuanto le dije que era teleoperadora y que trabajaba a media jornada, dejo de acorralarme. Su sonrisa desapareció y -como dice la canción- ‘se dio la media vuelta y se fue con el sol cuando muere la tarde’.
Con el segundo comercial, me detuve sin que tuviera que insistir mucho en ello: “Vale, en seguida te respondo a todo lo que quieras pero, por favor, te lo suplico: dime dónde está la puerta HJK30”. Debí parecerle un poquito desesperada y se apiadó de mí. Dulcificó su mirada y me indicó que la tenía -curiosamente- a diez metros de distancia. Entonces, continuó con su manual bien aprendido y, aunque había prometido escucharle, volví a interrumpirle. Yo ya tenía la Tarjeta de Crédito que me ofrecía y -también curiosamente- era teleoperadora al servicio del mismo banco. No sólo me ahorré su ‘media vuelta’, sino que se alegró mucho de encontrarse con una ‘compatriota’ -a lo que yo deduje que se refería a que éramos colegas de profesión u obreros de un mismo amo-. ¡Qué más daba!
Una vez sentada frente a la puerta de embarque -cuando ya pensaba que todo había pasado-, me obligaron a facturar mi pequeña maleta por falta de espacio. Y para rematar la tarde, el señor que se sentaba a mi lado (de unos 40 ó 50 años) se quedó en posición semi fetal durante todo el viaje. Entre la pena, la vergüenza y la risa contenida, no hubo forma de concentrarme en el libro que había sacado de la maleta justo antes de que se la llevaran. Y luego digo que mi vida carece de emociones. Si es que…
Si es que no tengo más remedio que retomar mi discurso inicial: no hay nada como volar solo, sin maletas ni laberintos aeroportuarios. Volar sin alas mecánicas, únicamente con el peso del alma. Abandonando el cuerpo y retando a la gravedad.
“La vida es algo más que ser una pasajera”, pensaba la famosa y desaparecida aviadora Amelia Earhart. “¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?, se preguntaba la escritora Helen Keller. “Algún día, la tortuga aprenderá a volar”, afirmaba Terry Pratchett.
Volar…
… Ayer y hoy, un deseo frustrado; soñar dormidos. Mañana… quizás… soñar despiertos.