COMER PARA VIVIR ó VIVIR PARA COMER/Josep Mª Panadés


Aunque nací y me crie en la Ciudad Condal, resido en Molins de Rei (Barcelona). Tengo mujer, dos hijas y una nieta, quienes han sido mi fuente de inspiración. Soy biólogo y farmacéutico jubilado y espero serlo por muchos años, pues es un privilegio hacer lo que a uno le place con su tiempo. No soy persona de muchos amigos, pero siempre estoy rodeado de los mismos: la lectura, la música, el cine y la fotografía, por este orden. Y de tanto leer, no pude abstraerme a la tentación de escribir, un deseo que estuvo largo tiempo agazapado, esperando la oportunidad para salir a la luz.

Inicié mi experiencia escritora, hace cuatro años y medio, a través de “Retales de una vida” (http://jmretalesdeunavida.blogspot.com.es/) y de “Cuaderno de bitácora” (http://jmcuadernodebitacora.blogspot.com.es/), blogs dedicados a relatos de ficción y a reflexiones personales respectivamente.


Cada vez me siento más saturado con los programas televisivos de gastronomía; hasta empiezo a sentir un cierto hartazgo hacia la propia gastronomía. Por lo menos la gastronomía grandilocuente y de espectáculo.

Lo que antes era una actividad doméstica y hostelera, representativa de una región y cultura, básicamente pensada para satisfacer el hambre y el estómago más exigente, lo que era un pequeño placer mundano, se ha convertido, en las últimas décadas y cada vez con un mayor auge, en un arte, una ciencia, en el no va más del ingenio y de la ingeniería culinaria.

Esta demostración artístico-técnica ha llegado a cotas tan elevadas que ya ocupa un puesto de honor en nuestra vida y en los medios de comunicación de masas.

¿Está justificado ese derroche de ingenio, tanta investigación de laboratorio, esa lucha sin cuartel por una estrella Michelin, para que la “obra de arte” resultante acabe ocupando un espacio minúsculo en un plato de grandes dimensiones (lo que mengua aún más el tamaño aparente de la ración) y para la que tendremos que abonar una cantidad exorbitada? ¿Vale la pena apuntarse a una larga lista de espera (en algunos casos de meses) para tener el privilegio de saborear la especialidad de ese chef tan famoso, estrafalario y petulante, para que nuestro paladar pase una hora agradable y nuestra tarjeta de crédito una mala experiencia?

¿No nos estamos pasando un poco con la gastronomía de última moda? A fin de cuentas, el objeto de la gastronomía es, o debería ser, alimentarnos de forma sana y agradable, satisfaciéndonos tanto por la calidad como por la cantidad, esa relación, a veces infravalorada, calidad-precio. Estoy seguro que nuestro paladar, y mucho menos nuestro estómago, no sabrá apreciar si el alimento que le llega lleva el sello de tal o cual chef. ¿No habrá mucho esnobismo oculto tanto por parte del que cocina como de quien consume?

Hoy día no hay cadena televisiva que se precie que no tenga en su parrilla de programación, y muchas veces en horario de máxima audiencia, un espacio dedicado a cursos o concursos de gastronomía. Los chefs de calidad han pasado de ser unos buenos profesionales de la cocina a unos genios de la innovación, a unos personajes célebres y mediáticos como lo puede ser un cantante, actor o diseñador de moda de fama nacional e internacional. Pero si bien una obra musical, una obra de teatro, una película, una moda en el vestir tiene, o puede tener, una larga vida, una vianda dura lo que dura el trayecto desde el plato a la boca y al cabo de unos minutos ni siquiera permanece su sabor en nuestro paladar y a duras penas en nuestra memoria.

No puedo ni me atrevo a discutir el puesto que ocupa en el ranking de intereses personales la gastronomía. Pero yo pienso que una cosa es, por ejemplo, hacer una excursión a un bello y lejano paraje y, de paso, buscar un buen restaurante por los alrededores donde degustar los platos típicos del lugar, y otra muy distinta recorrer muchos kilómetros solo para comer en un renombrado restaurante montañés y, solo de paso y como quien dice por accidente, contemplar la naturaleza que transcurre junto a la carretera.

Cada uno es muy libre de comer dónde y cómo quiera, así como de vaciar su billetero a su antojo tras un opíparo ágape. Comer siempre ha sido un acto fisiológico que procura placer. Pero qué queréis que os diga, yo prefiero un buen puchero de alubias seguido de carne asada con guarnición que un “suflé Mirepoix de cardamomo bañado con salsa de gorgonzola y vinagreta de manzana Fuji” seguido de un “papillote de salmón noruego en salsa de piña guajillo marinado con vino agrio japonés y especiado con eneldo crudo de Calabria”.

Allá cada uno con sus gustos y su economía. Pero siempre que oigo tantos elogios a favor de la gastronomía moderna, de élite, y veo esos talleres y concursos de cocina innovadora, me pregunto lo mismo: ¿comemos para vivir o vivimos para comer? De todo habrá en la viña del Señor. Y ahora os tengo que dejar porque es la hora de comer y estoy hambriento. Además, hoy tenemos lentejas con arroz y pollo al chilindrón, mmmm.

                              Josep Mª Panadés