VÉRTIGO/Rosa Berros Canuria





Tengo una incómoda y enervante sensación de vértigo. Me despierto por la mañana y la angustia se me agarra al estómago y me lo estruja y retuerce de manera que solo respirando hondo consigo enderezarlo y llevarlo a su tamaño y aspecto habituales. Pero enseguida la ansiedad, con su zarpa golosa, lo estruja de nuevo en un juego obsesivo en el que se ha empeñado en vencerme sin piedad. Así es que no consigo retener nada en el estómago y vomito sin parar; nada cabe en el gurruño arrugado en que está convertido la mayor parte del tiempo.

Hace varios días que le he perdido la pista. Después de saber en todo momento en qué lugar se encontraba, es como si, de repente, se hubiera confundido con el entorno para desdibujarse hasta hacerse invisible; como si se hubiera hecho bruma en el aire que respiro; como si hubiera ardido en el mismo fuego que me consume desde hace varios días; como si se hubiera licuado en el fondo del lago a donde voy a nadar cada atardecer; a donde iba, más bien,  porque tengo miedo de que surja algún indicio, alguna pista y me encuentre en medio del agua, sin móvil, sin ordenador, sin ninguno de esos artilugios por los que hoy en día nos llegan las noticias, las deseadas y las no tanto.

No sé dónde se encuentra, por dónde se me ha extraviado, en qué recóndito e inaccesible lugar se halla escondida. Sólo sé que necesito encontrarla como sea, saber dónde se encuentra, lejos o cerca. Necesito dar tregua a esta zozobra, despertarme por la mañana y ser la persona alegre y despreocupada que solía, dejar de sentir que según abro los ojos, un minuto antes de que suene el despertador, me va a saltar encima el malestar incómodo de la ansiedad y la angustia.

Desde que nos enamoramos, hace ya... unos años, nunca dejé de saber donde estaba. En todo momento, tanto si se hallaba en casa como si estaba ausente, bastaba una llamada telefónica, un corto viaje en un tren de cercanías, una pequeña subida a su estudio en la buhardilla, para encontrarme con ella o con su voz alegre y un tanto burlona; para sumergirme en su abrazo cálido y posesivo.

Incluso cuando se fue, después de que la amenaza latente se hiciera realidad y el abandono se materializara, nunca he dejado de saber su paradero con certeza. Ya me he encargado yo de seguirle la pista, aunque para ello haya sido necesario ayudarme de toda clase de subterfugios.

Ahora, por primera vez, no tengo ni idea de donde puede estar. Me resulta insufrible esta sensación desconocida. Es como si hubiera perdido mi anclaje al mundo; el mundo es ella y yo mirándola, yo viéndola, yo controlando su posición en cada momento. Si no puedo ubicarla, me desprendo del mundo y vuelve el vértigo.

Llevo tres días siguiendo indicios que se pierden en esta estación. Hasta aquí llegó con su presencia furtiva, pero si partió, no se sabe cuando ni hacia dónde.

Me siento atacado por una insoportable sensación de impotencia y un insufrible ataque de ansiedad.

Tengo que encontrarla, saber lo que hace, qué piensa y qué planea, dónde está y a dónde se dirige, qué sabe. Sólo de esa manera podré adelantarme a ella e impedir que me encuentre. Esta estación está demasiado cerca. Debo encontrarla.

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(Antigua estación de León)

Rosa Berros Canuria

LEÓN-ESPAÑA