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GALÁN DE NOCHE



  Amaneció, pero el lunes no era lunes, sino martes. Sin duda, esta afirmación les habrá generado al menos dos preguntas. La primera, y más evidente: ¿puede un día desaparecer así como así? La respuesta es no, por supuesto. Ese lunes existió aunque yo lo pasara durmiendo. Y eso nos lleva a la siguiente cuestión: ¿qué me sucedió el domingo?

  No les voy a negar que el alcohol tuviera su parte de culpa, si bien en menor grado de lo que se imaginan. Más tuvo que ver mi romanticismo no siempre bien entendido y que quizá arruinó mi relación con María, el amor de mi vida. Ya sé que les puede resultar un tanto exagerado que califique así a esa preciosa morena de piel de seda y sonrisa arrebatadora que conocí exactamente a las 00:45 horas del domingo. Pero les aseguro que en cuestiones del amor sé de lo que hablo. Y no solo porque me llame Valentín. También sé que nuestra relación terminó en algún momento del lunes. De esto no tengo duda, porque cuando desperté no solo no era lunes, sino que ella tampoco estaba acostada a mi lado. Tal vez piensen que, a lo mejor, María tenía algún compromiso o, simplemente, se aburrió de esperar a que yo despertara. Eso sería plausible, de no ser por una circunstancia un tanto peculiar: la cama en la que desperté orbitaba majestuosamente alrededor de la Tierra, en los nuevos servicios hoteleros instalados en la Estación Espacial Internacional.


  Y créanme si les digo que nadie se marcha de allí sin avisar, a no ser que quiera que esa despedida sea definitiva.

  Como ya he dejado escrito, la conocí aquella madrugada de domingo. Fue en La Selva Virgen, una espectacular sala de fiestas, situada a orillas del mar, de la que soy propietario. Nada más verla entrar con su vestido verde esmeralda supe que era la mujer de mi vida. Volverán a pensar que exagero. Pero hay labios que no hace falta besarlos para saber que morirías en ellos. María no solo poseía esos labios; tenía curvas para enloquecer, ojos para perderte y, permítanme el exceso, pechos para emborracharte. De inmediato inicié mi plan de conquista y llamé a una floristería de guardia para encargar cien rosas. Por supuesto, eso suponía un dispendio de cierta importancia, pero lo bueno de ser rico es que no tienes por qué ponerle límites al amor. 

  María llegó a la sala acompañada. Tuve que esperar a que el pimpollo con el que entró la dejara sola en una de las mesas de cristal cuya base imitaba las raíces de una secuoya. Incido en este detalle porque tanto ese diseño, como el del resto del local, es obra mía; no creo que les haga falta mayor descripción para que imaginen la suntuosidad selvática de la sala de fiestas. 

  Jugueteaba con la sombrilla de su cóctel, un Mango Bellini barato, cuando me acerqué con dos Legado Calabrese y mi encantadora, y trabajada, sonrisa. Al verme, me mostró con picardía que en su mesa había dos copas. «Las veo. Pero también observo que en tu anular no hay ningún anillo», le dije. No piensen que soy un entrometido. Si la hubiera visto hacerle arrumacos a aquel pimpollo de gimnasio me habría tragado mis sentimientos con cualquier whisky. Pero no observé que su relación pudiera inspirar a ningún poeta. Por tanto, nada me impedía luchar por ella. Y eso convertía a ese tipo en un estorbo entre la mujer de mi vida y yo. Barajé dos opciones, pero como Joe el Matarratas cumplía condena, recurrí a Marlene para que siguiera al impertinente jovenzuelo hasta el lavabo a fin de ofrecerle cierto servicio. Regalo de la casa, por supuesto.

   Eso me dio tiempo más que suficiente para hablarle a María de las delicias del cóctel que le ofrecía, de mostrarle mis encantos y de explicarle que mi vida había sido una triste película en blanco y negro hasta que la vi. Cuando por fin accedió a darle un sorbo al Legado Calabrese, la invité a salir a la terraza VIP. «Será solo un minuto», le aseguré. Ella insistió en su acompañante. «Ni se dará cuenta de que has salido», insistí evocando la excelente profesionalidad de Marlene. 

  He de reconocer, y eso me hizo desearla aún más, que me costó convencerla para que aceptara ese minuto. 

  Al salir nos recibió una agradable brisa marina y, sobre todo, un maravilloso cielo nocturno en el que se distinguía hasta el Camino de Santiago. Acerqué dos sillas hasta el murete exterior y le hablé de las estrellas, de las constelaciones y de cómo sus luces me habían guiado hasta ella. Si me permiten un consejo, les recomiendo que estudien un poco de astronomía para conquistar a una dama. También quiromancia. Aunque sea una superchería, ¿hay mejor excusa para cogerle la mano por primera vez?

  Así pasamos cerca de una hora, justo hasta que la Luna se escondió en el horizonte marino. Noté la vibración de mi teléfono móvil en el bolsillo interior de la americana. No me hizo falta cogerlo para saber que ya estaba todo preparado para dar un paso más.

  —¿Te apetecería perseguir a la Luna en mi yate? —le propuse. 

  —Dijiste solo un minuto  —dijo con una sonrisa que dibujaba unos irresistibles hoyuelos en las mejillas—. ¿Olvidaste que vine acompañada?

   —En el caso de que te estuviera buscando te habría llamado al móvil, ¿no crees? —dije mientras apuntaba mentalmente que Marlene se había ganado un buen regalo.

  —¿Acaso le has matado? —preguntó entre risas

 —Lo pensé, pero Joe está en la cárcel —comenté observando el rubor de sus mejillas, el vidrioso brillo en su mirada y, por qué no, los protuberantes pezones que se marcaban en su vestido verde esmeralda. 

  La cogí de la mano, entrecruzando su dedos con los míos, y la guié por una escalinata que llevaba al embarcadero. Las luminarias de la sala de fiestas quedaron atrás. Solo la plateada luz de las estrellas alumbraba el camino. Al llegar, la sentí estremecer. A cada lado de la pasarela que llevaba al yate se intercalaban velas con las rosas que encargué. «Esto es por ti, María». No supo qué decir, claro. «No las cuentes. Hay cien, una por cada año que quiero pasar junto a ti», añadí besándola justo debajo del lóbulo de la oreja.

  Subimos al yate y zarpamos mar adentro. Tras servirnos dos margaritas, la llevé a la cabina de control. Le expliqué cómo se pilotaba y, cuando la costa no era más que una hilera de puntos luminosos, le ofrecí los mandos. María aceptó de buen gusto. Cogió el volante y yo me situé tras ella, abrazándola por la cintura. Le susurraba las indicaciones al oído y cada palabra provocaba que se le erizara la piel. Olía a frescura. Quizás no era un perfume muy adecuado para la noche, pero ya habría tiempo de hacérselo notar. La besé dulcemente en el cuello, sin que ella me lo reprochara. Seguí un lento, y húmedo, peregrinar hasta sus hombros. Dejó caer la cabeza sobre mí. Suspirando levemente. Mis manos avanzaron hacia sus pechos. Era perfecto y excitante, salvo por el tacto del vestido, el propio de una tela moaré. Acúsenme de finolis, pero estarán conmigo en que no se puede comparar con la seda. 

  Entenderán que no sería de caballeros narrar lo que ocurrió después en el camarote azul, aunque podrán suponer las excelencias de mis artes amatorias. Sin embargo, he de reconocer que hubo un detalle que me descentró. En su abdomen, justo al lado del ombligo había una verruga. Ya sé que es un detalle nimio, una mínima tara en un diamante. Pero es que además tenía vello; y hasta vida propia, puesto que cada vez que la miraba parecía crecer y crecer hasta convertirse en una especie de araña mutante.

   Cuando terminamos me serví una copa del Bourbon que siempre me acompaña en la mesita de noche. Ella permaneció en silencio durante un buen rato. Tras beberme la segunda copa, le dije:

    —¿Te ha mirado alguien esa verruga?

    —¿Verruga?...¡Ah!, esta marca —dijo mientras se la tocaba con el dedo—. Siempre estuvo ahí.

   —Conozco a un cirujano que las quita en una sola tarde y sin dejar cicatrices. Te pediré hora con él para el martes.

    —¿En serio piensas en eso ahora?

    —Es que…

   —Anda, tonto. —María se incorporó y me besó en la mejilla—. He disfrutado mucho. Eres un gran amante. ¿Sabes lo que me apetecería ahora?

    —Pide por esa boquita.

  —¡Cruasanes! ¡Un montón de cruasanes acompañados de un chocolate bien caliente! —dijo desperezándose. Entonces me miró de forma burlona—. Pero ahora no vayas a llamar a nadie para que los traiga hasta aquí, ja, ja, ja.

   —¿Traerlos hasta aquí? ¡Jamás le pediría a nadie tal cosa! Je, je, je.


  Una hora y media después, desayunábamos cruasanes en el restaurante Jules Verne de la Torre Eiffel. María pidió Le croissant Ispahan, esa maravilla de frambuesas, pétalos de rosa, almendras y lichi.

  —El secreto está en esos trocitos de frambuesas deshidratadas sobre el glaseado de rosas. Mereció la pena el viaje, ¿verdad? —dije.

  —Está rico, pero empacha un poco —respondió.

  Se preguntarán cómo llegamos hasta París. No hay ningún misterio: cuando posees un avión privado el mundo es realmente pequeño.

  El chocolate me espabiló un poco. María había dormido en el avión, pero yo permanecí despierto, planificando el resto del día y de la semana. Empecé por programar la visita con el cirujano para el martes. También envié un mail a Arnold, mi entrenador personal. No me malinterpreten, sus carnes eran muy deseables, pero noté cierta tendencia a la flaccidez y había que preparar su cuerpo para que soportara de la mejor manera posible el nacimiento de nuestros cuatro hijos.

  —¡Puff!, no puedo más —resopló María.

  —Ven, vamos al último piso de la Torre. Brindaremos con champán en el Á champagne.

  —En serio, ¡no me entra nada más!

  Le puse ojitos de amor.

  —Vale, solo un sorbo… y después me llevas a casa que yo mañana tengo que ir al trabajo.

  —Te prometo que estarás en casa para la hora de comer, pero antes pasaremos por el Louvre. ¡No podemos venir a París sin visitarlo!

  —¡Madre mía! ¿Es que no te cansas nunca?

  —Cariño, es el primer día de nuestro amor. ¿No crees que merece ser celebrado por todo lo alto?

  —Sí… supongo. —Extendió el brazo para cogerme la mano por encima de la mesa—. Pero te aseguro que no sé nada de arte.

  —Tranquila, mañana llamaré a Filipo para que te dé clases los miércoles.

  —¿Filipo? ¿Los miércoles? Espera, espera, ¿qué es eso de los miércoles?

  —No se me ocurre otro día. Los lunes toca gimnasio; los martes, actividades sociales; los jueves…

  —Perdona —me interrumpió—, pero yo tengo una vida.

  —Por supuesto mi amor. Vamos arriba a brindar por ella —dije levantándome de la mesa.

  Como les dije al principio, mi romanticismo es un tanto incomprendido, pero ¿qué harían ustedes si encontrarán al amor de su vida? ¿Acaso no querrían vivir cada minuto como si fuera el último? Comprendo que eso suponga cierto cansancio, como lo demuestra que me pasara dormido todo el lunes, pero ¡el amor, es el amor! Y en él no caben las mentiras, pero a veces son necesarias. Sé que le prometí a María que volveríamos a casa después del Louvre, pero en nuestro primer día de relación, ¡cómo no pasar unas horas en Roma!

  A María le sentó mal esa sorpresa y tuve que tirar de mi amplio repertorio de frases románticas, sollozos oportunos y miradas resignadas para que su enojo se diluyera. Después de comer, visitamos  el taller de confección de Giorgio, en la Via Condotti. Todavía llevaba el tacto de ese moaré en las yemas de mis dedos y no podía permitirlo. Así que encargué a Giorgio treinta vestidos de seda para toda ocasión.

  La noche del domingo nos alcanzó en la ruta de los amantes. Montados en un coche de caballos llegamos al belvedere del Zodiaco, donde nos esperaba la maravillosa vista de Roma y el Tíber.

  —¿No es hermoso, María? Ya ni recuerdo cómo era mi vida sin ti.

  —Es precioso. Pero, por favor, vámonos. Mañana tengo que ir a trabajar temprano. 

  —¡No te preocupes por eso! ¿En qué trabajas?

  —Te lo dije antes.

  —¿Qué?... ¡Ah, por supuesto!

  A veces me cuesta escuchar cuando estoy enamorado. Planificar todos y cada uno de los detalles de un día perfecto te vuelve un tanto ausente. Sé que me lo dijo y estoy seguro de que hasta le comenté algo. Creo que era abogada… no, diseñadora gráfica, ¿tal vez doctora? ¡Bah!, ¿qué más daba?

  —Si tanto te importa tu trabajo, mañana compro la empresa.

  —Haz lo que quieras, ¡estoy tan cansada!

  Noté cierto desdén en su voz.

  —Mi vida, ¿ya sabes cuánto te quiero?

  —Sí, ya me he dado cuenta. Pero no tienes por qué poner el mundo a mis pies.

  —¡Oh!, pero es que quiero y puedo hacerlo.

  No hace falta que les diga dónde fuimos después. Solo puedo confirmarles que sus ojos se desorbitaron cuando llegamos a la Base de lanzamiento del Hotel de las Estrellas. Si no han oído hablar de él no se preocupen, pronto lo harán. De momento, solo lo conocemos quienes podemos pagar por sus extraordinarios servicios. 

  Tardamos casi dos horas en alcanzar la órbita terrestre y acceder a la Estación Espacial Internacional. Al entrar en la habitación del hotel, una mampara se abrió, mostrando la vista de nuestra maravillosa Tierra. En ese instante podía verse América y parte de Oceanía. María no había articulado palabra desde que despegamos. La besé en el cuello. «Es una maravilla», dijo. «Solo comparable contigo», respondí. Le acerqué un traje que parecía un mono de astronauta duplicado y le pedí que se desnudara.

   —¿Para qué es? 

   —Póntelo.

   Dentro del traje, nuestros cuerpos estaban tan pegados que parecían fundirse en uno solo.

   —Valentín, no me encuentro bien, no me apetece demasiado…
  
  —Calla y no pienses en nada —le susurré mientras buscaba, en el panel de la pared, el botón que anulaba la gravedad. Enseguida nuestros cuerpos empezaron a flotar. Estiré de una cinta y el traje se ciñó aún más sobre nosotros. Le introduje mi masculinidad con la destreza habitual. Aumentando la fuerza de mis embestidas conforme aumentaban sus jadeos.

   Ahora sé que debí haberle hecho caso. Estoy convencido de que seguiríamos juntos si nos hubiéramos acostado tranquilamente para dormir. Pero estarán conmigo en que hubiera sido un pecado no haberlo hecho en semejantes circunstancias. Sin embargo, cuando nos encontrábamos a apenas dos sacudidas de alcanzar el clímax, ella vomitó. Trozos de fetuccini, rosas glaseadas y una mezcolanza de cócteles, margaritas, champán y lambrusco comenzaron a flotar por el habitáculo. A duras penas pude reprimir una arcada. Nunca podrán imaginar los esfuerzos que tuve que realizar para llegar al panel y activar el succionador. Afortunadamente, ese hotel lo había diseñado gente lista de verdad.

   Tras limpiar el ambiente y volver al modo gravedad, ella se acostó.

   —Prométeme que no hay más sorpresas y que mañana me llevas a casa.

   —Te lo prometo. Por cierto, ¿eres católica, judía, protestante o atea? 

   —Dios mío, ya ni lo sé. Solo quiero dormir.

  —Bueno, imagino que católica ¿Tienes mucha familia? Creo que podríamos casarnos el fin de semana que viene.

   Ella no respondió. Al poco escuché sus ronquidos. Me senté frente al ventanal. En ese instante amanecía en Asia. Encendí la tableta electrónica y continué con la planificación. Fijé la boda para el sábado y, a juzgar por sus ronquidos, concluí que era necesaria una visita con el otorrino. 

   Finalmente, me bebí una botella de Bourbon con limón antes de acostarme.

  Al despertarme, comprobé que era martes. Y ella se había ido. Me levanté de un salto. Busqué alguna nota, algún mensaje en el ipad. No había nada. Entonces, caí en la cuenta de que no tenía su teléfono; ni siquiera sabía cómo se apellidaba.

  Sé que estuvo consultando mi agenda. ¿Acaso le abrumaron mis planes de futuro? Como las demás, María no supo valorar todo el amor que le ofrecía. Me da lo mismo, seguiré buscando. La mujer de mi vida debe estar en algún lugar.

   Esperándome.


©David Rubio Sánchez. Relato y dibujo.

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