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LA LEYENDA DE "EL MIRÓN" María Magdalena Gabetta





Al atardecer, cuando las sombras alternan con el sol, es como si el viento al mover los altos cipreses, formara figuras de espanto deslizándose sigilosas entre ángey dolorosas vírgenes de piedra.


Los pasos apresurados de los últimos visitantes replegándose hacia la salida, temerosos de que las sombras se agiganten y los atrapen definitivamente en el cementerio, cortan el silencio. La risa juguetona de algún chiquillo que ajusta su paso al de su madre alejándose del lugar, el canto de algún pájaro que a medida que todo se aquieta se transforma en el saludo quejumbroso de un búho y luego, la noche, la noche y él.


En esa hora intermedia entre el día y la noche, su presencia comienza a prevalecer. Permanece de cuclillas sobre alguna tumba y apenas se vislumbra entre el movimiento suave de las sombras. Es el dueño del lugar, el innombrable, aunque algunos lo han apodado “El Mirón”, porque dicen que aquél sobre quien clava su mirada será el próximo poblador del camposanto.

Las viudas le temen, ellas prefieren ir por las mañanas a visitar a sus muertos. Dicen que antiguamente las viudas copulaban con él sobre las tumbas de sus difuntos esposos y las pobres infelices que caían bajo su hechizo de ángel malvado, nunca podían sustraerse a su influjo, hasta que las hacía suyas para siempre.

Infame ladrón de almas, “El Mirón” se mueve inquieto entre los pequeños techos de los panteones más humildes y los enormes mausoleos de mármol. Él sabe que lo vigilo, muchas veces su cara irónica y bufonesca se ofrece a mi mirada sin ningún tipo de tapujos y sus ojos infernales me taladran con odio, pero yo no le temo, sus ojos no pueden matarme, porque soy parte de su leyenda.

Cuentan que Sara era la viuda más hermosa del lugar. Descendiente de hebreos, su cabello negro, su piel marfileña , sus inmensos ojos verdes y delicada figura, encendían de pasión la mirada de muchos lugareños, pero ella era fiel al recuerdo de su esposo.

Todas las tardes, su figura atormentada bajo los negros ropajes, se encaminaba hacia el cementerio, en sus manos siempre un ramo de flores, como si quisiera alegrar con su colorido y aroma la última morada de aquél que había sido su gran amor .

Las comadres temblaban cuando la veían enfilar por el angosto sendero, hasta hubo quien se atrevió a decirle que no fuera, que era peligroso, que “El Mirón” seguramente no dejaría escapar una presa como ella. Sara les respondía dulcemente que Dios y su amor la protegían.

Él la observaba curioso, esa mujer no le temía, esa mujer ignoraba su presencia. Muchas veces dejó que ella lo percibiera entre las sombras, pero ella inmutable, haciendo caso omiso a la malignidad que la acechaba, acomodaba delicadamente las flores en los jarrones, encendía un par de velas y oraba con encendida emoción.

Su dolor era demasiado grande, tan grande como había sido su amor, o mejor dicho, tan grande como aún era su amor. “El Mirón” nunca había conocido alguien así, alguien que no le temiera, alguien que ni siquiera se percatara de su existencia.

Lo que todos ignoraban, era que para que él pudiera apoderarse del cuerpo de las viudas, éstas debían reconocerlo en todo su poder, aterrorizarse y así permitirle poseerlas. Algo que siempre le había resultado tan fácil a través de los siglos, que ya no le producía ninguna satisfacción.

Pero esa mujer no, esa mujer no le temía.

Día tras día la veía llorar abrazada a la cruz de la tumba, día tras días su deseo aumentaba; su deseo y su frustración. Ella debía ser suya, debía convertirla en su esclava y llevarla con él, a su mundo de sombras.

Pasaron los meses, el verano se alejó lentamente dando lugar al otoño, las hojas comenzaron a cubrir con su dorado manto los senderos. La figura de Sara se acercaba a cumplir su ritual diario, “El Mirón” la observaba ávidamente desde la cúpula de un gris mausoleo. Ese era el día elegido para cumplir sus propósitos, la enfrentaría exponiéndose con toda su terrorífica presencia, ella ya no podría ignorarlo y la haría suya.

Sara no regresó esa noche al pueblo, a la mañana siguiente las incrédulas comadres, junto con el cura y el comisario se acercaron al cementerio para ver con sus propios ojos lo que José el sepulturero había querido explicarles balbuceando incoherencias, con los ojos desorbitados.

Cuando llegaron, un murmullo de espanto cortó el silencio sepulcral. Abrazada a la enorme cruz que presidía la tumba de su esposo, íntimamente ligada a ella, vieron a Sara que, bella y desafiante miraba la eternidad, convertida en estatua de piedra. ...........................................................................................

Han pasado muchos años desde aquella tarde, “El Mirón” sigue siendo, al igual que yo, un habitante de este lugar, desde esa tarde en que, enfrentándome a él, descubrí que la fuerza de la fe y el amor eran superior a su maldad y rogué a Dios me liberase de ser una víctima más de sus bajos deseos, permitiéndome estar unida a mi amado eternamente. Y Dios me oyó.


                                             María Magdalena Gabetta

Córdoba - ARGENTINA


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