SEGUNDA LUNA DE MIEL/Ricardo Juan Benítez

Siempre había odiado las esperas. Por lo general  eran en lugares espantosos como la sala de urgencias de un hospital o la ventanilla de cobros de impuestos. Pero aún en esas largas colas que se formaban en los teatros los sábados por la noche, siempre estaba molesto.
Pero hoy no.
Debo confesar que la recepción de una notaría no es un lugar demasiado estimulante para la imaginación. Pero yo estaba a cientos de kilómetros de distancia de este lugar. Estaba pensando en lo que haríamos cuándo termináramos aquel trámite engorroso, pero a toda luz indispensable.
Al salir llegaríamos hasta el descapotable negro. Ya tenía preparado todo el equipaje. Además: algunos bocados para el camino, la filmadora digital, las cañas de pescar y algunos otros elementos para practicar caminatas a campo traviesa, eso que ahora se da en llamar tracking.
La ruta caracolea entre las montañas hasta llegar a una cabaña en aquel lugar alejado de todo. Estaríamos completamente aislados. Solos. Todo el tiempo que nos quedara ahí.
Esa misma noche tendríamos una especie de luna de miel. Abundante champagne Bollinger Grand Annè, un poco de caviar de Beluga y sexo.
Por supuesto que a la mañana siguiente ella protestaría. Con la resaca aún a cuestas era inhumano salir a caminar por la montaña a esa hora temprana. Pero una vez en marcha, el aire fresco matinal casi la despejaría.
Pero no lo suficiente. Sus reflejos, su conciencia no la ayudarían a evitar el accidente.
Luego la policía haría un largo interrogatorio.
¿Como era posible que hubiéramos ido a un lugar tan escarpado después de beber como bebimos la noche anterior?
Por supuesto que tendría un sentimiento de culpa espantoso por el resto de mi vida.
Y unos cuántos millones en mi cuenta bancaria, para calmar mi neurosis.
No, esta vez la espera no me molestaba en lo absoluto.

En unos pocos minutos habríamos terminado de firmar los papeles de la herencia.

Ricardo Juan Benítez
Buenos Aires - Argentina