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LA FIESTA / Eva Loureiro Vilarelhe



Extendí la sombra de ojos con pericia, harta de hacerlo con las demás a estas alturas podría pintármelos con los dos cerrados, y no apenas uno para confirmar que el gris perla de mis párpados combina a la perfección con el tono asalmonado de mi conjunto. ¿Vestirme de verano yo en pleno invierno? ¡Ni loca! La falda de tablas de tejido aterciopelado hasta media pierna es bien calentita para las bajas temperaturas que me esperan afuera, y el jersey de angora oversize de idéntico color es de una suavidad pasmosa. El abrigo fino negro y las sandalias serán mi única concesión incoherente con la estación del año en la que estamos, por aquello de que Sara y Mónica no me miren raro si aparezco con mis gastadas botas militares y mi grueso chaquetón de borreguillo.

Sí, mis amigas irán de vestidito de tirantes tiritando, procurando disimular el castañeteo de sus dientes llevándose su bebida a la boca. En conclusión, ellas estarán borrachas mucho antes del amanecer, y yo me aburriré como una ostra mientras hago de canguro para que no les pase nada. El día menos pensado me escaqueo y paso de salir en Añoviejo, con la de fines de semana que podemos hacerlo, ¿para qué gastar más en una sola noche que en todas las del resto del año juntas? No, no exagero, que no bebo alcohol y nunca nos cobran por entrar en ningún sitio, salvo en Fin de Año, claro, que se aprovechan y no solo la entrada, sino también las consumiciones nos salen por un ojo de la cara. 

Los míos están perfectos, ahora que los veo, retoco los labios con una pizca de brillo y le grito a mi hermano que ya estoy lista, guardando el gloss en la ridícula cartera de mano  que solo uso en ocasiones como esta. Desde que se ha echado novia él siempre tiene prisa, yo ninguna, hasta me apetecería quedarme en el sofá dormitando entre papá y mamá, si no fuera porque sé que acabarán viendo uno de esos insufribles programas de relleno. ¡Con la de películas interesantes que dan en otros canales!, pero no, ellos erre que erre con los refritos de canciones horripilantes. En fin, que me resigno a dejarme arrastrar por los gustos ajenos. “¿Vas a ir con esa pinta?”, ni me digno en responderle y me coloco un mechón suelto de mis trenzas en el espejo del ascensor. “¡Pareces una colegiala!”, insiste y suspiro. “¿Pintada como una puerta?”, digo por no estar callada, a sabiendas de que la mayoría van incluso más exageradas que yo, ¡y de día! “Solo te falta subirte la falda dándole vueltas a la cinturilla…”

“¿Lo dices por experiencia?”, le pregunto sarcástica recordándole su etapa tímida en el colegio al que íbamos, de uniforme, por supuesto, cuando ni se atrevía a levantar la vista de sus mocasines en el pasillo, por si se encontraba de frente con la chica que le gustaba. “¿Dónde dices que tengo que dejarte?”, cambió de tema para zanjar el asunto en vista de que no le convenía el giro que estaba tomando la conversación. Le di las señas del apartamento de la fiesta privada, unos amigos de Mónica la habían invitado y ella no se cortó a la hora de pedir si podíamos acompañarla. En realidad sentía curiosidad por saber qué se cocinaba en el ático del lujoso edificio frente al que me bajé del coche de mi hermano. Le deseé suerte y me sonrió nervioso, va a declarársele a Virginia y a mí me hace tanta ilusión como a él, siempre fue un cortado y por una vez osa llevar la iniciativa, se le nota a leguas que la adora. 

A mí en cambio mis amigas van a matarme, llego con más de una hora de retraso, se suponía que tomaríamos las uvas juntas, pero me dio pereza. Ahora me dará más encontrármelas eufóricas y desenfrenadas, y yo que pasé de brindar con champán para evitar el dolor de cabeza… un sorbo es suficiente para provocarme jaqueca. El chico que está soltando juramentos en el vestíbulo me llamó la atención, no había nadie más alrededor y entendí que hablaba solo. Carraspeé para que notara mi presencia y se giró en redondo sorprendido. No dijo nada, me miró de arriba abajo con el ceño fruncido y me pareció que no le desagradó lo que veía, pero no podría jurarlo, como él sí hizo al exclamar: “¡Hostia!” Yo opté por no ponerme a la altura de sus improperios.


“¿Al ático?”, le pregunté pulsando el botón después de que me permitiera entrar a mí primero. “No, suelo alquilar el esmoquin para bajar la basura…” Pestañeé incrédula y se sonrojó, cosa que me causó todavía mejor impresión que su inusitado sarcasmo. “El cava me juega malas pasadas, me desata la lengua,” se disculpó de inmediato, “siento haber resultado grosero desde abajo.” Ya íbamos por el segundo piso de los 38 restantes, me acerqué sonriendo para restarle importancia a su comentario. “¿Puedo?”, le pregunté poniéndome de puntillas para alcanzar su pajarita deshecha, supuse que la principal responsable de su malhumorado desatino. Asintió mirándome a los ojos reticente, ruborizándose de nuevo, y ese detalle acabó por hacerme bajar la guardia. La vulnerabilidad está infravalorada hoy en día, y me encanta verificar que todavía hay personas que la conservan intacta. 

A veces me ocurre en el trabajo, muy de cuando en cuando, entre las modelos que maquillo a diario –casi niñas en su mayoría–, me topo con una chica en la que advierto idéntica reserva, que manifiesta poniéndose colorada ante mi abrupta intromisión en su espacio vital. El ritmo apremia y en ocasiones ni tiempo me da a presentarme, aparezco de repente ante ellas con mi maletín, verificando el croquis que me han dado, y radiografío sus facciones con mirada profesional sin pararme a saludar primero. Suelo sonreírles, por aquello de restar violencia a la premura que me exigen, pero sin poner mi alma en ello e imagino que pareceré más bien gélida, porque necesito acabar rápido y pasar a la siguiente en cuestión de minutos. Es primordial para que no haya retrasos. Sin embargo, como en este caso no es así, me aproximo despacio y le digo algo que no es que me lo haya inventado, es que lo tomo prestado de un diálogo de una escena de esas que se me quedan grabadas, esa del tópico de “suelo hacérsela a mi padre”, cuando la realidad es que las he tenido que anudar a millares en el backstage, a maniquíes tan altos y muchísimo más guapos que él. 

“Creí que esto solo pasaba en las películas”, comenté tras el inesperado frenazo en seco, causante de que nuestros cuerpos chocaran uno contra el otro. Disculpó tartamudeando su repentina mano en mi trasero, tratando de recobrar la verticalidad perdida con el apagón, en lugar de apretarla alrededor de mis nalgas para verificar su consistencia. Otro punto a su favor, pensé observando divertida cómo se intensificaba el color de sus mejillas al volver la luz. “¿Crees que estaremos encerrados mucho rato?”, reprimí una carcajada ante el punto de histeria que rayaba en su voz, tras descubrir que la alarma no funcionaba y estábamos parados entre la planta 25 y la 26. Me miró sospechando lo que pensaba. “No tengo miedo,” su mirada lo corroboraba y me intrigó conocer a qué era debido su nerviosismo, “es que vine aquí de rebote…” Le hice un gesto para que tomáramos asiento, no estaba segura de si aquello iría para largo, o si desde fuera se darían cuenta de que estábamos allí metidos y enviarían a alguien a rescatarnos, pero lo que era indiscutible es que los tacones me estaban matando. Al verme descalza sonrió imitándome, alegando que sus zapatos le resultaban igual de incómodos que a mí mis sandalias. “¡La falta de costumbre!”, exclamamos al unísono y nos dio la risa. 


Entrecerré los ojos y entendió qué deseaba saber. “Vengo por compromiso, mi cuñado es el mejor amigo del que da la fiesta, me envía a mí para cubrir su ausencia porque ayer nació mi sobrino, pero en cuanto pueda me largo pitando al hospital. ¿Quieres verlo? Dicen que se parece a mí…” Metió la mano en su americana antes de que pudiera responderle y sacó la billetera, para mi sorpresa, no su teléfono. Me enseñó una foto en blanco y negro, de revelado casero, y advertí manchas de ácido en sus uñas. “Siempre hay quien le encuentra el parecido a un recién nacido para quedar bien, pero en tu caso es cierto, ha heredado el flequillo de su tío…” Sonrió de oreja a oreja, obviando por completo la irónica manera de meterme con sus prematuras entradas, y la ternura que reflejaba su mirada me conmovió. “Y también he de decir que eres más amante de lo vintage que yo, que debo de ser de las pocas que todavía llevo fotos impresas en la cartera.” “¡Déjame verlas!”, y no pude negarme ante su expresión de felicidad. Nos echamos unas risas con mi pequeña yo, junto a mis mucho más jóvenes padres, y a mi hermano de adolescente.

Hasta que afirmó convencido: “Es una lástima que no nos hubiéramos conocido entonces, siempre me gustaron las niñas con trenzas.” Colocó evitando mi mirada el mechón que se resistió a quedarse en una de ellas, y tuve que ser yo quien le obligara a mirarme a los ojos. Nuestros labios ya no tuvieron tanto reparo en conocerse con mayor profundidad, y jadeante eché mano de mi bolsito desesperada por encontrar lo que llevaba allí guardado desde no recordaba cuándo. Blandí mi tesoro ante su asombrado rostro, y tragó saliva. “¿Me creerás si te digo que no sé en que año caducó?”, le dije tratando de que no creyera que es algo a lo que estoy habituada. “¿Y tú a mí si te digo que hace más de uno que no…?” El sofoco ante tanta sinceridad me obligó a desprenderme de mi abrigo. “¡Espera! No te quites nada más, como en aquella vieja película” Asentí sonriendo emocionada, recordaba la escena a la perfección, mejor vestidos, al menos ella lo prefería así para evitar malentendidos, y me senté sobre sus largas piernas ayudándole a ponerse el preservativo apretando los párpados, por aquello de no estropear el momento de confidencialidad a nuestras respectivas pieles.

Jamás lo había hecho antes en un ascensor, ni en la primera cita con ningún chico, para cuanto más a los diez minutos de habernos presentado. Y lo peor de todo era que ni siquiera nos habíamos presentado, pero por una vez, no sé decir muy bien por qué, no me importó en absoluto empezar la casa por el tejado. “¿Te llamas?”, conseguí gemir. “Guille…llermo, ¿túúú…?” Mi “Lucíííaaa”, sonó unas cuantas octavas por encima de lo necesario, pero él lo repitió incluso más alto que yo. Su nombre en cambio se lo susurré al oído cuando enterró su cabeza en mi jersey. “¿Te sonará muy extraño si te pregunto si lo lavas con Perlán?”, y nuestras carcajadas nos hicieron estremecer por lo que movían a su vez, hasta que nos dimos cuenta de que había algo más en movimiento. “¡Estamos bajando!”, exclamamos de nuevo a un tiempo. Y nos alegramos de no tener demasiadas prendas que hacer volver a su sitio antes de que las puertas se abrieran de par en par en el vestíbulo. 

Sus pantalones lucían tan perfectos como mi abrigo, y no entendimos la cara de risa del par de individuos engominados con pinta de mafiosos que nos encontramos de frente. Un vistazo de reojo en el espejo me lo explicó, mi gloss anaranjado adornaba más el cuello de su camisa que mis labios emborronados, y sus rizos alborotados disimulaban sus incipientes entradas. Le hice un gesto para que viera qué pinta de sexo reciente teníamos, y me cogió de la mano al grito de “¡Corre!”. En la calle no paramos de reírnos hasta que detuvimos nuestra errática carrera al quedarnos sin aliento. Lo recuperamos con otro beso de esos que saben a poco, y me sugirió que pasáramos de la fiesta y nos fuéramos a un garito que conocía. 

“Uno de esos en los que ponen películas antiguas en lugar de música, y se puede charlar o disfrutar del cine con letras mayúsculas.” “¿Cómo de antiguas?”, quise saber suspicaz. Su zapateo sobre el asfalto al estilo de Fred Astaire en Melodías de Broadway 1940 me lo dejó claro, y le di la réplica emulando a Eleanor Powell, feliz de que el vuelo de mi falda estuviera a la altura de la diva, pese a que mis pasos de baile ya no tanto. “¿Sabes que tienes muchas papeletas para ser el hombre de mi vida?”, afirmé más que preguntar y sonrió tan enternecido como cuando me habló de su sobrino. No dijo nada, cogió de nuevo mi mano para conducirme a aquel paraíso nocturno, pero lo detuve al alzar el brazo para pedir un taxi. “Creo que antes podíamos hacer una parada en el hospital”, le sugerí expectante. Sus ojos brillaron tanto como la madrugada estrellada al decirme: “¿Sabes que tú las tienes todas para ser la madre de mis hijos?”

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