LA JAURÍA/María Magdalena Gabeta




El hombre era un enigma, un tipo alto y callado. Nadie sabía su origen, apareció una noche, medio muerto, con el cuerpo tajado hasta lo indecible y delirando como un loco. Santiago, el Jefe, en un gesto extraño para sus compinches, les ordenó que intentaran salvarlo. Algo le decía que ese hombre les sería útil.

Lo curaron con hierbas mezcladas con barro y saliva que colocaron sobre sus heridas, apretándolas con sucios vendajes. Cuando la fiebre pasó y las heridas cerraron, le dijeron que debía quedarse con ellos o tendrían que matarlo porque ahora conocía el cubil dónde se refugiaban. Se quedó.

Nadie se interesó en saber el porqué había aparecido en esas condiciones. No les preocupaba; eran hombres rudos, acostumbrados a matar y morir sin cuestionamientos.

- No soy ladrón ni asesino - aclaró. Algo harás, le contestaron y se convirtió en el ecónomo del grupo.

Jamás intervenía en los asaltos. Llegaba después que todo había terminado; el resto de los hombres lo esperaba para entregarle el fruto del saqueo y él, bajo la atenta mirada de Santiago, se encargaba de separar lo que correspondía a cada uno, retirando lo necesario para el sostén de la banda. Para sí no apartaba nada, se conformaba con la comida y una manta mugrienta para taparse en las noches frías.

Ese día la masacre había acabado cuando Nicanor llegó.

Pedro, un joven moreno de rostro embrutecido, fue el encargado de avisarle que habían terminado una “faena” y guiarlo al sitio atacado.

Galoparon durante dos horas cruzando sierras, hasta llegar a un pequeño monte de espinillos dónde ante un gesto de Pedro, desmontaron internándose por un camino abierto a machetazos; al poco rato avistaron la casa, casi pegada a un río cristalino que corría ignorante de la tragedia que se había desarrollado a su vera.

Esta vez la banda se había extralimitado, habían asesinado una familia completa y saqueado la pequeña finca, destruyendo todo a su paso. Era una casa pobre, pero eso no los había detenido, por el contrario, parecía que los había enardecido aún más. Las mujeres fueron violadas antes de matarlas y después también.




En el exterior yacía el cadáver de un anciano, con una escopeta a su costado, demostrando sin lugar a dudas, su intención de proteger la vivienda y sus moradores del atropello de los vándalos. A su alrededor, dos o tres perros muertos a tiros y cuchilladas, como su dueño.

Ahora los maleantes estaban tumbados, a la sombra de una enredadera que semejaba un tupido toldo a un costado de la casa; apoyadas sus espaldas contra los muros blanqueados a cal, descansando de su orgía de sangre y bebiendo vino agrio de sus odres de cuero, mientras bromeaban entre ellos.

El hombre alto y callado miró el horroroso cuadro y por primera vez sintió que se involucraba en un hecho así; como un rayo lo atravesó el deseo de limpiar todo rastro de la masacre.

- ¿Dónde ponemos los cuerpos Santiago? – preguntó..

- Tiralos a los chanchos, los van a hacer desaparecer enseguida – contestó el Jefe, riendo de su propia idea, mientras enjugaba con la mano una gota de vino que caía por su barbilla.

Nicanor, sin responder, buscó la ayuda de Pedro y entre ambos empezaron a tirar los cadáveres al chiquero, los animales se abalanzaron. Sintió que una nube roja se posaba en sus ojos y se estremeció al comprender que la nube era sólo el reflejo de la sangre que saltaba ante cada mordisco.

La muchacha tirada sobre un sucio jergón no tendría más de quince años, la visión de la infantil figura desnuda y maltratada le revolvió las tripas. Supo por Pedro que cuando los vio irrumpir en la habitación, clavó un cuchillo directo en su corazón y cayó muerta. No hubo dudas en su gesto, sabía qué le esperaba. La fama de Santiago lo precedía. Su nombre significaba muerte y horror. Ella, al menos, se había ahorrado el horror.

Le hizo señas a Pedro y cargando a la infortunada joven, se encaminaron hacia el río; era una pena arrojar esa belleza al chiquero.

Los dos hombres soltaron el cuerpo sobre las aguas con una delicadeza que hubiese parecido absurda a cualquier espectador de lo que allí había ocurrido.

Parecía una princesa dormida; la corriente la atrapó y arrastró alejándola velozmente del horror, mientras los sauces se inclinaban a su paso.

Nicanor masculló algo entre dientes mientras sacaba su afilada faca. Pedro se persignó, era muy joven, aún no estaba totalmente podrido como el resto. Eso no impidió que lo degollara de un sólo tajo.

Miró hacia el rancho y escuchó la risa de los hombres. Emprendió el camino de regreso mientras con una mano limpiaba la sangre del cuchillo, frotándolo contra el pantalón y con la otra empuñaba el  trabuco. Ese día la jauría sería exterminada, lo acababa de jurar a su hermana Ofelia.

Al pasar frente al chiquero escuchó el gruñido de los chanchos.



María Magdalena Gabetta 
Córdoba - ARGENTINA



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