LA DANZA DEL CHAMAN/David Rubio


David Rubio Sánchez (1971, ). Sant Adrià de Besòs Inicié mi andadura literaria con dos talleres de escritura creativa de Aula de Escritores, después publiqué en redes literarias como Falsaria, El Relato del Mes o Literautas en cuyas antologías anuales se han recogido algunos de mis relatos.
  Con el colectivo literario de Valencia Escribe participo en su revista digital y en sus tres últimas antologías de relatos Buffet Libre, El tiempo y la vida y Relatos con Banda Sonora.

  En mayo de 2016 publiqué mi primer libro de relatos de ciencia ficción  Los demonios exteriores, nacido de un proyecto literario de la página de recursos literarios "Cafetera de Letras.

  LA DANZA DEL CHAMÁN


El rito precisaba de mí, del alma atormentada de tu madre, y aquí estoy.

  Ya resuena el ritmo hipnótico del tantán por toda la cueva. El chamán comienza a bailar alrededor del altar sobre el que yace el pútrido cuerpo. Su voz invoca, canta y grita. Su espíritu abandona esta existencia en busca de lo que es nuestro; la sombra de su danza macabra se contonea sobre las paredes escarpadas.

  Saco tu foto, aquella que te hice el día de tu graduación, y me siento en el suelo, con las piernas encogidas.

  Mi niña, papá me decía: «Tenemos que asumirlo y confiar en que la policía lo atrape». Yo le hice caso. Fui paciente. Demasiado. Llevé mi luto por ti con resignación, esperando que la justicia me ofreciera la ocasión de mirar a tu asesino a los ojos, y escupirle a la cara; anhelando el momento en el que oyera de sus labios pedir clemencia antes de que se pudriera en la cárcel el resto de su vida.

  Pero ni eso se nos concedió. No pude ofrecerte ni siquiera su condena. En su huida desenfrenada, cuando iba a ser arrestado, su coche se estrelló contra un muro. Murió rápido, sin castigo, sin dolor.

  Una niebla fantasmal se forma sobre el altar, envolviendo el cuerpo. Ese bendito chamán lo va a conseguir. No puedo imaginar qué lucha estará librando para recuperar lo que la muerte se llevó sin derecho. 

  ¡Mi ángel te he fallado tanto! Con su muerte me dijeron que todo había terminado, que debía rehacer mi vida. Tuve que escuchar las palabras vacías de psicólogos y sacerdotes. Para ellos era fácil pedirme que mirara hacia delante. No habían sentido tus primeros latidos, no habían visto tu preciosa carita recién salida de mis entrañas. No podían comprender que no hay consuelo para la muerte de una hija, ni perdón para su asesino. 

  Ansiaba volver a escuchar tu voz, poder decirte por última vez cuánto te quiero. Busqué entre videntes y espiritistas hasta dar con este ser que ahora bracea, que salta provocando una vorágine en sus plumas y los amuletos que cuelgan de su toga. 

  Él sintió mi ira y la infamia que sufriste. Me dijo que no solo podría contactar contigo sino que sería capaz de traerte de vuelta.

  Pero necesitaba tu cuerpo.

 El golpeteo del tantán se acelera hasta llegar al frenesí. El chamán clama al cielo con los brazos levantados y la niebla penetra en el cadáver que, en ese instante, comienza a convulsionar.

  Y es ahora que lo veo cuando siento en las entrañas como si una plaga de carcoma se abriera paso a través de los intestinos. ¡Mi niña! ¡No será suficiente la eternidad para que puedas perdonarme!

  Cuando vi tu cuerpo violado, torturado, vejado, decidí entregárselo al fuego. Quise borrar así la villanía que sufriste y ofrecerte el mar como sepultura. ¡¿Cómo podía imaginar lo que yo, tu propia madre, te estaba haciendo?!

  El tantán cesa. El chamán cae desmayado. Sus acólitos lo recogen para llevárselo en silencio. El rito ha terminado. El muerto vuelve a respirar.

  Recojo mi mochila y me acercó al altar. Saco unas cuerdas. Amarro bien fuerte sus brazos y piernas. Me quedo a su lado, esperando que despierte. 

  Mi vida, no podía recuperar tu cuerpo.

  Pero el de él, sí. 

  No sé cómo empezaré. Lo sabré cuando abra sus ojos de asesino. Sé el precio que pagaré por habérselo arrebatado a la muerte. Pero es lo único que me queda ya por hacer.

   Y es lo justo. 

  Porque, aunque no dudo de los tormentos del Infierno, su castigo, la lenta tortura que sufrirá, me pertenece.

DAVID RUBIO SÁNCHEZ
Sant Adrià de Besòs