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ESOS CABRONES BAJITOS/Blanca Bianca


No me gustan los niños, es así, y  sé que suena raro porque todo el mundo adora a esos pequeños seres gritones y llorones, se habla de su dulce y mágica inocencia y su mirada limpia, pero eso era antes cuando estaba de moda la conocida, socorrida y didáctica colleja usada como método educativo universal, ahora desde que se perdieron las buenas costumbres la mayoría de los enanos son pequeños tiranos que corretean todo el tiempo gritando, hasta que pillan terrible pataleta y los gritos se convierten en aullidos que acaban reventando tímpanos y nervios. En realidad me gustan los bebés, esas cositas rosadas y suaves que viven su vida sin meterse con nadie, hasta que cumplen dos años son seres encantadores ocupados en mirarse con gran interés los dedos de la mano, chuparse un pie o quedarse absortos con la vista perdida en un punto indeterminado del espacio, echando babas y mocos no molestan y van a lo suyo, viven en su mundo sin dar la brasa gorjean un rato y de repente se quedan dormidos desconectando del mundo… pero estos adorables bebés cumplen años y sin que nos demos cuenta se convierten en dictadores que tiranizan a papá, mamá y los abuelitos, que oye, como son suyos están obligados a quererles mucho y someterse a sus caprichos estúpidos, pero a mí que me dejen en paz.

Recuerdo un crucero por las paradisíacas islas griegas, el barco navegaba por un increíble mar azul, yo tirada al sol en una tumbona con mis amigas en agradable tertulia y… una familia extensa y numerosa en  el mismo barco, nada es perfecto en la vida, con cientos de pequeños cabrones molestos como mosquitos trompeteros, que no paraban de incordiar mientras sus padres lo pasaban en grande. Los pequeños salvajes tomaron al asalto el jacuzzi situado en proa, o quizá en popa no sé, y ya no hubo habitante alguno del barco que pudiese disfrutar del burbujeante barreño mientras miraba el mar azul; una tal Vanesa, Vanesa tenía que ser ella, miembro de unos ocho o nueve años de esa tribu asilvestrada, se sumergía durante horas en el jacuzzi gritando cual posesa, la tal Vane era una autentica tortura oriental. Una mañana, durante la sesión de aullidos jacuzzeros, una de mis amigas, médico, comentó preocupada que Vanessa llevaba casi una hora en remojo, deberíamos  advertir a la madre que es peligroso que la niña pase tanto tiempo en el jacuzzi ya que puede  sufrir una bajada de tensión… ¡No! gritamos todas al unísono, con un poco de suerte Vanesita se ahoga, pero no se ahogó. Cuando la niña del exorcista se perdió en Dubrovnik un rayo de esperanza iluminó nuestras vidas, pero apareció, los milagros no existen.
Ahora están muy de moda los hoteles y restaurantes sin niños, espacios libres de pequeñas pesadillas, yo  estoy totalmente a favor del invento aunque hay creada una gran polémica en torno a este asunto, ya que algunos afirman que esto es síntoma de una sociedad en la que los niños molestan, pues sí, es que realmente molestan la mayoría de las veces. Y no es discriminación, en absoluto, es que el otro día en un conocido restaurante italiano de Madrid tres pequeños salvajes amargaban la lasaña de los comensales ante la pasividad de sus padres que comían tan ricamente, mientras el resto del público se  debatía entre la posibilidad de abandonar el local, hacerse el harakiri o asesinar a los tres ceporros, cuando un cliente y el maitre llamaron la atención a los padres, estos contestaron sorprendidos y ofendidos “son niños”… sin comentarios.

Educar es difícil y cansado, sí, el problema es que parece que no sabemos poner limites a esos cabrones bajitos. Yo por si acaso prefiero ser bruja a sufridora pasiva, es lo que hay aquí y ahora.

Blanca Bianca
MADRID

Comentarios

  1. Un texto lleno de humor, dónde la autora se pregunta sobre los "locos bajitos", esos que son algo repelentes, pero en el fondo: son un amor.

    Hilas fino, apreciada Blanca Bianca. Espero más relatos tuyos llenos de ironía y buen humor, ese humor que te caracteriza. Un enorme abrazo.

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