EL INSOMNIO Y MARIAN/Juan Carlos Vásquez



Tarpon Spring, 2.002



Esta vez el viaje había perdido todas sus facultades y yo me había contagiado. No podía dormir, solo veía su silueta con curioso afán cuando se desnudaba, así pasaba el día y la noche. Todo se volvió salvaje, actuábamos como dos animales hambrientos. Ella me imponía aplicar toda la imaginación a mis actos.
 Cuatro días sin pararnos de la cama, sin comer. Solo dormir, beber y hacer el amor. Mariam me había inducido al delirio más absoluto hasta que la proporción de sus ideas no evaluaron los límites de la razón… Aquel regulador que había aspirado después de suspenderse en la sangre y cumplir con su misión regresaba para pedir más.
 Quiso jugar, inventar un reto y llevarme a el pero cuando me comunicó de que se trataba me negué de inmediato.
 Después de mucho pensar me informó sorpresivamente que lo dicho era un compromiso; el compromiso era la verja que delimitaba el espacio del hotel. Saltarla, equivaldría a pensar que nuestro futuro era posible. Mientras se impulsaba no paraba de reírse. Me miraba fijamente a la cara para ver que pensaba.
 No hable, no reprobé su intento, entonces corrió fuera, desordenadamente y un mal cálculo hizo que su pie se enredará en el alambrado y cayo de cabeza. El golpe le internó un crujido, un sangramiento leve que asomo por su oreja. Unos terribles dolores de cabeza la azotaron. Cuando supo que su acción no tuvo ninguna gracia quiso retractarse pero no sabia como.
 Todos los días a las mismas horas las mismas palabras con las que empezaban los diálogos. Luego una carrera atroz y la persecución a los largo de la calle para intentar detener sus sobresaltos. Como se exaltaba al respirar.
 Le cure las heridas, le hable, la cuide de si misma, pero esa vez no le pregunte, recogí todo del hotel y le impuse marcharnos. “La vida estalla con el humor”. Dijo.
 Pactamos confesarnos hasta lo más mínimo reconociendo que una descomunal rutina nos estaba llevando al más dantesco aburrimiento.
 Llegamos y vanaglorió su cama, su ducha, el lago, los animales, hacerlo en el sofá.

 En casa nos alentamos bailando, re armando un puzzle, pero esta vez ya no fue ella, fui yo el que cayó en profunda deliberación.
 Ella hablaba de muñecas y parques temáticos, de series de dibujos animados que trasmitían en cartoon network, sus preferencias chocaban con mi raro ocultismo, aun así logramos interesarnos por las preferencias del otro.
 La inmovilidad pasó a mi predilección y aunque movía el dedo del pie izquierdo fui dejándolo de mover, sintiendo todo lejano y vacío. Me retrotraía como si estuviera en el inicio de un profundo trance. Me di cuenta del desastre que reinaba en mis sentidos porque no podía fijar tampoco mi objetivo. Me resistí, si Mariam lo había logrado yo también lo lograría, ya habría tiempo para pensar en ello y ponernos de acuerdo, establecer entre ambos un plan bien hecho.
 Verme así, la exasperó, y la desesperación de no tener una respuesta acorde la hizo salir al jardín. Allí estaba el jardín entre objetos ideales, sillas, columpios, mesitas de cenicero y una cerca de alfajor llena de enredaderas y rosas.  Vi su deseo de regar y así paso más de la mitad de la mañana moviéndose y pensando en voz alta.
 Era domingo, silencio y deliberación, la detuve quedándome mudo al no saber por donde empezar. Sus manos huesudas y delgadas martillearon sobre aquel cartel que decía “Feliz Cumpleaños”. No lo recordaba. Me arrodille y acaricié su nariz, larga y puntiaguda, apreté suavemente su mandíbula. Nunca le había dicho que me gustaba su mandíbula. Me sorprendió al mostrarme lo que sería mi regalo abriendo la mano y me pidió esparcirlo sobre su espalda.
 Decidí y lo tenia claro, continuar con aquel insufrible afán protector. Crearíamos nuestra realidad cuándo y como lo deseáramos. Intente dormir pero allí estaba ella ofreciendo otra vez lo que llamaba lucidez. Se hizo una habla infinita. Había encontrado el mensaje exacto para expresar y hacer ver lo que nosotros queríamos ver. No hablábamos para un gran deseo personal, hablábamos para un gran deseo que compartir. Las fantasías nos hacían consecuentes a nuestras propias necesidades. Comenzamos a establecer una comunión más profunda de la que no podíamos alejarnos. La violencia, el desencuentro y la muerte, todo había sido experimentado.
 Sería lo que ella quiso, quería una ventana; hay una ventana. Quería un lago; hay un lago. La des esclavice de la angustia con un abrazo y aquel espació que tanto soñé apareció en su espalda sorpresivamente. Una luz intermitente iba y venía. Todo estaba oscuro, profundamente oscuro. Opacábamos la luz con las cortinas esperando la noche mientras las líneas eran divididas, cuidadosamente afinadas.
 Mirándonos nos hicimos cómplices de las más sórdidas aficiones.
 Mariam contó otro día, ante la seriedad de las cosas tormentosas se sonríe, dice cosas violentas que luego se convierten en ternura. No hay plazos, no hay consecuencias. Hay una cama, hay amor y sexo entre un dialogo abierto.
 Con rabia desestimamos todo, predecimos el futuro, la estupidez. Nos complacemos en el tratamiento desaprensivo porque somos más importantes. Mariam se cocee y se descose los labios, se corta los brazos y se cura las heridas, vuela cuando respira, aparece y desaparece para reconocerse en nuestra realidad. Otras imágenes a través de otras ventanas, un lugar y otro en el mismo sitio.
 Estábamos rodeados de ropa unicolor, de inciensos. Los columpios del patio chirrían con la brisa de la lluvia, y el ático y su escalera que tanto comenta. A Mariam le gustaba subir, desayunar creeps con sabia y fresas, permanecer un domingo postrada ante el mar en Siesta Beach. Un sinnúmero de leves alegrías, sin ir más lejos, un sinnúmero de preguntas contestadas por el silencio.
 Deje ir la mirada sobre otra línea que rompía el cielo, con esa ansia de permanencia me dejaría sentir hasta el infinito, hasta lo innombrable. Equilibrándome entre la alucinación que me producía el sueño vi su nariz haciendo travesuras, todos los ángulos me conducían a lo mismo una y otra vez.
 Los estragos por la falta de sueño hicieron aparición con mucha más fuerza, sin embargo aún estaba al tanto del proceso agotador en que estaba inmerso mi cuerpo.
 Vi sus dedos vestidos de blanco, su agilidad violenta regresándome a la vida, y la vida se aceleró como nunca antes. Tantos días sin dormir, con un nudo en la garganta, a toda velocidad por la calle, por la casa, por nuestros cuerpos mientras escuchábamos un piano en disonancia constante.  Sonríe como si no intuyera que va a morderme cuando empiezo a sentir su elevación, su no dejar de estar hablando, una inquietud que se vuelve un martirio innecesario roza el peligro con el sobresalto de nuestras pulsaciones, no queremos salir de la habitación ante el desmejoramiento.

—¡Más, Mariam! —le grito, para que traiga hasta la cama.

 Sus dedos estaban llenos de magia. Recuerdo todo antes del paraíso. «Esta calle no, la siguiente, a la izquierda... Ahora izquierda. Ahora, otra vez a la izquierda», y ahí está, era el mismo sitio de partida, era el mismo sitio donde estaba aquel tipo anulado para darnos el refuerzo, siempre venia y se postraba frente a la casa aunque vacilase en la entrega. Que felices, salir, dar la vuelta, pagar, obtener la recompensa y encerrarse hasta que el proceso del delirio terminara en la paranoia más atroz.
 Detrás del resplandor de los ojos de Mariam se daba una especie de perturbación eléctrica - diminutas formaciones que se ramificaban como estructuras geométricas - aunque guardaba silencio lo sabía, estaba sufriendo otra terrible alteración que simulaba controlar. Nos comentamos sobre la rareza a la que el cansancio arrastra. Los objetos podían variar de textura, de color o distancia en un espacio tan cerrado.
 Los sonidos del exterior entraban en la casa sobredimensionandose (...) No podía frenar aquello, la sensación de la trampa infranqueable aumentaba aquellas percepciones erróneas auditivas. No quería salir, deseaba vigilar, pero mis fuerzas escaseaban.   Entonces Mariam se acercó a la ventana a toda prisa, desapareció de mi vista y desistí.  Mi cabeza toco la almohada; mis párpados se cerraron, era incapaz ya de intentar contar los días, de saber a ciencia cierta si ella continuaba allí, la hora, un todo, una nada llena de esporádicas ficciones afectaban mi sentido de amor.

©juan Carlos



Juan Carlos Vásquez, Valencia, Venezuela. De carácter errante, ha investigado muy de cerca los sub-mundos urbanos que describe en sus textos. Autor del libro de relatos Pedazos de Familia (Estival teatro, 2000). Otros textos han sido publicados en diversos volúmenes colectivos y antologías en Chile, México, EE.UU. y España. Integrante del grupo cultural Spanic Attack (New York, 2004). Obtiene distinciones en los Concursos de Poesía Pro lingüístico y Multimedia Premio Nosside (Calabria, Italia), Edizione 2005 y 2006. Finalista del concurso de microrrelato “Guka”. Buenos Aires 2018.  Ha residido por más de quince años entre: Saint Petersburg, Tampa; Nueva York; San Francisco; A Coruña; Valencia; بُكَير "Bokaj’ren” y Barcelona.

Blog del autor: “Arquetipos de mi yo”
 http://arquetiposdemiyo.blogspot.com.es
E-mail: jcvasquezf@gmail.com


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