DE RELOJES Y ABEJAS


Audiorelato en... https://laurabelenguer.wordpress.com/2018/05/08/de-relojes-y-abejas/











El ruido de aquel reloj era rápido y fuerte. Tic-Tac Tic-Tac… Fuerte y poderoso… como si fuera rico de una vida diminuta. El mío, mientras tanto… desvanecía y moría lenta, muy lentamente. Tiiicccc-Taaacccc… Tiiicccc-Taaacccc… Destartalado y ralentizado, lo comparaba con ‘el otro’ y siempre salía perdiendo. Como decía Katherine Mansfield, “había dejado de ser el fruto maduro para convertirme en la hoja amarillenta que lo acompaña”. Amarillenta y a punto de desprenderse para descansar sobre la tierra húmeda.
Así me sentía yo hasta que alguien apareció en mi vida y me zarandeó sin miedo a que le respondiera con malos modos. En todo momento pendiente de mi pobre reloj para que éste no se dejase perder, luchó por hacerme ver la realidad entre tanta distorsión.
Un día me dijo: “Aquel otro reloj que no paras de observar desde la retaguardia no es tan maravilloso como tú te crees”. Y yo le repliqué, incrédula y sorprendida: “¿Cómo que no?”.  A lo que ella respondió: “Es un objeto estático, chinita” -me llamaba cariñosamente-. “Funciona a la perfección porque así tiene que ser. Para eso ha sido creado. Ni sufre ni padece. Es rico en su pequeñez pero, si nadie le da cuerda de tanto en tanto, deja de sonar”.
Recapacité por un segundo. Dejé de lado mi tozudez y pensé que era cierto… ¡y ni siquiera me había dado cuenta! Aquel reloj tan perfecto para mí dependía de una mano ajena. Sólo así era capaz de retomar su camino como si tal cosa. Sí, ‘cosa’; objeto estático. Yo, sin embargo, era un sujeto dinámico que -en mi ceguera- se había olvidado de sus atributos y de su libertad. Deseaba estúpidamente ser presa de una perfección en la que -creía- se hallaba la riqueza. ¿Pero qué riqueza era ésa? Ni yo misma lo sabía.
Ahora, gracias a ese zarandeo inesperado, prefiero volver a ser libre, volante, vacilante, errante… Como una abeja que sale de su colmena para descubrir la belleza y los misterios de la naturaleza. Ella emprende mil aventuras, arriesga, tropieza, se levanta… Vive, al fin y al cabo.
En la NASA, hay un póster que dice así: “Aerodinámicamente el cuerpo de una abeja no está hecho para volar; lo bueno es que la abeja no lo sabe”. Según explican los expertos, su vuelo es insólito debido a las pequeñas dimensiones de sus alas con relación a su cuerpo.
Algo similar -pero un poco a la inversa- le ocurría al entrañable Dumbo con sus desproporcionadas orejas. Éstas -por ser demasiado grandes- eran una rareza para el resto de los elefantes que se explayaban en burlas y desprecios. Ni él ni tampoco la famosa Abeja Maya podían sobrevolar el cielo y -pese a ello- lo conseguían: sin una mano ajena que los ayudase, ni dotados de prominentes alas, ni dependiendo de ninguna pluma de la suerte. Podían… porque confiaban.
A veces, racionalizar sólo sirve para limitarnos y embaucarnos. No importa cuántas leyes existan que digan o demuestren que no es posible hacer algo. Demostrar está sobrevalorado. No hace falta. ¿Para qué? ¿Para angustiarnos? Hagamos como Dumbo y como la Abeja Maya: obviemos los ‘tú no puedes’ o… ‘eso es imposible’. Hagamos gala de nuestras diferencias y aspiremos a la ‘in-normalidad’ porque… “para que pueda surgir lo posible es preciso intentar, una y otra vez, lo imposible”.

Laura Belenguer
Periodista, chica de Radio, amante de los libros e intento de escritora