NOCHE DE MÁSCARAS / Kirke


Paloma Celada Rodríguez (Madrid, 1962) es Doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid y por la Universidad de Alcalá. Tras varios años trabajando en la sanidad privada pasó al sector público donde se dedica actualmente a la investigación científica. Ha publicado varios artículos en diferentes revistas científicas relacionadas con la nutrición. Gran amante de la lectura gestiona el blog literario Leer, el remedio del alma bajo el alias de Kirke Buscapina.

Noche de máscaras

Lo conocen como el loco de la rosa. El anciano que ronda por el cementerio de San Isidro es casi una institución. Los visitantes asiduos del camposanto le consideran un habitante más del lugar. Ya nadie recuerda desde cuándo ese viejo loco se acerca cada martes a una de las lápidas más antiguas para sentarse con una rosa blanca en las manos, allí tararea una musiquilla durante varios minutos, lalala lalala, tarara, lalala lalala, tarara, después deposita la flor en la tumba y se marcha. Un ritual que lleva repitiendo desde hace lustros.
Nadie sabe cómo se llama ni qué conexión tiene con la moradora de esa tumba. Tan solo se sabe que los restos que reposan debajo de la lápida son los de una joven que falleció hace ya tantos años que ni del nombre tienen recuerdo pues el tiempo se encargó de borrar hasta las letras que en su día en la piedra se grabaron.
Nadie sabe que todo comenzó un mes de febrero de hace ya cincuenta años.
***
Dieter acababa de llegar a España. Su rudimentario conocimiento del idioma español había sido el mérito necesario para otorgarle un puesto en la embajada de su país en Madrid. Fue allí descontento, España se le antojaba atrasada y provinciana comparada con Alemania, pero se conformó pensando que solo sería un escalón más en su prometedora carrera diplomática, que solo sería una estancia provisional poco duradera.
Pero el destino le tenía reservada una sorpresa y Dieter se quedó atado a la ciudad como el preso que no abandona la celda a pesar de ver la puerta abierta. Aquella noche de carnaval de 1853 fue el comienzo de su felicidad y de su desdicha.
El salón de baile del palacio de Gaviria relucía con las lámparas del techo. La luz de los cientos de velas que iluminaban la estancia se reflejaba en el cristal de las copas y en las joyas de las damas. Todo un despliegue de lujo y esplendor que no consiguió impresionar al joven diplomático, más bien la velada se presentaba aburrida.
Hasta que ella apareció.
El vestido negro de seda y la máscara del mismo color resaltaban el blanco de su piel; su cara y sus brazos parecían de un mármol níveo. En el blanco rostro se distinguían dos ojos negros como el azabache y en su mano derecha, destacando entre los guantes de terciopelo morado, portaba una rosa blanca.
La joven de la rosa dirigió una mirada ausente a los invitados del baile de máscaras y finalmente sus ojos se detuvieron en Dieter. El alemán, que no había podido dejar de observarla desde que hizo acto de presencia, quedó sorprendido y enormemente dichoso al comprobar que la bella joven se dirigía hacia donde él se encontraba.
Cuando llegó a su altura la misteriosa mujer le dijo tenuemente y en un susurro:
—Sígame.
Dieter fue tras ella como un autómata y la siguió hasta uno de los balcones. Allí, ella le tomó la mano y le invitó a bailar el vals que en ese momento comenzaba a sonar. Al ritmo del vals de las flores1 los dos jóvenes giraron en el reducido espacio que la terraza les proporcionaba. Lalala lalala, tarara, lalala lalala, tarara.
Tras aquel vals sonaron otros y también los bailaron. Durante las dos horas más dichosas y más felices de su vida, Dieter disfrutó de la compañía y de la conversación de esa joven hermosa. Se sumergió en el pozo oscuro de unos negros ojos que miraban sin ver; se dejó hipnotizar por una voz distante y fría, tan fría como la blanca piel de su rostro y de sus brazos. Durante dos horas Dieter se enamoró mecido por el compás de un vals, lalala lalala, tarara, lalala lalala, tarara.
Pero de repente, ella quiso regresar a su casa y no quería hacerlo sola, por eso le pidió  que la acompañara. Dieter, que aún no estaba al corriente de los usos españoles, le preguntó si había venido en su propio coche a lo que la dama le contestó:
—Mañana tendré el coche más lujoso de todo Madrid. Pero esta noche quiero caminar por las calles de mi ciudad.
—Es una noche gélida, señorita –repuso Dieter– déjeme que vaya por mi abrigo y así no pasará frío.
—Es lo mismo. El frío se ha instalado en mí y ningún abrigo podrá ya quitármelo jamás. Acompáñeme, por favor, y no se preocupe de nada más –fue la extraña contestación que la joven le dio al diplomático.
Fue así como los dos jóvenes salieron a la calle Arenal. El frío de febrero penetraba en los huesos como puñales acerados y Dieter se estremeció bajo su fino frac. Sin embargo, ella parecía inmune a las gélidas temperaturas que a esas horas de la noche se hacían sentir.
—Le estoy sumamente agradecida, caballero. No quería marcharme sin asistir por última vez a un baile y gracias a usted mi sueño se ha visto cumplido. Pero ahora tengo que regresar a mi morada pues mañana parto de viaje.
—Para mí ha sido un auténtico placer, señorita. Sin embargo, no sé por qué se siente tan alicaída. Habrá más noches de carnaval, y más bailes a los que acudir. Su belleza y juventud le garantizan muchas parejas de baile, estoy seguro.
—Allá donde voy no existe la música, ni la danza, y la belleza y la juventud no son dones que de mucho valgan –contestó la joven sumiendo, una vez más, en la confusión a Dieter.
Mientras conversaban atravesaron la Puerta del Sol y siguieron por la calle Alcalá. Al llegar a la iglesia de San José, la joven se detuvo e hizo ademán de entrar por lo que Dieter le comentó:
—Es un poco tarde para asistir a un oficio religioso ¿no cree?
En su corta estancia en España, Dieter ya había tenido ocasión de conocer la extrema religiosidad de sus habitantes, pero querer entrar en una iglesia pasada la medianoche se le antojó, incluso para una española, un capricho excéntrico.
Sin embargo, ella empezó a subir la escalinata que conducía al interior del templo, haciendo caso omiso al comentario de su acompañante. Dieter la sujetó por el brazo y entonces la joven le contestó:
—Aquí está mi habitación y aquí vendrán a buscarme para realizar el viaje mañana. ¿Quiere conocer el lugar donde dormiré antes de mi partida?
Dieter sintió cómo un escalofrío recorría todo su cuerpo, pero asustado e intrigado a partes iguales por las palabras de su acompañante no pudo evitar seguirla al interior de la iglesia.
A la tenue luz de unas pocas velas encendidas recorrieron el templo y cuando estaban llegando al altar, el alemán distinguió la silueta de un ataúd. Fue entonces cuando ella balbució con un hilo de voz:
—Aquí está mi último lecho.
En ese instante Dieter salió del estado de estupor en el que se encontraba y despavorido  huyó de aquel lugar. Una vez fuera, en la calle, se dio cuenta de que llevaba en la mano la rosa blanca que en el baile portaba la joven.
Al día siguiente, Dieter se despertó con los sentidos embotados y el ánimo alterado. Recordaba lo vivido la noche anterior y el terror que sintió al final de la velada, se encontraba muy confuso y se tranquilizó pensando que todo había sido fruto de una pesadilla causada por el alcohol ingerido en el baile de máscaras. Sin embargo, el malestar que notaba no se parecía a otras resacas vividas y además, no podía quitarse del pensamiento una musiquilla que le martilleaba machaconamente la cabeza: lalala lalala, tarara, lalala lalala, tarara.
Empezó a dudar de que todo hubiera sido un sueño cuando alarmado vio sobre una de las sillas de su habitación una rosa blanca. Para darse sosiego decidió acercarse a la iglesia de donde salió huyendo en su, ya no tan segura, ensoñación y sin ser consciente de ello recogió la rosa que sobre la silla estaba.
Según se aproximaba al templo escuchó tañer las campanas del mismo. Tocaban a muerto. Un lujoso coche fúnebre, con cuatro caballos negros enjaezados con plumas del mismo color, se encontraba delante de la puerta de la iglesia de San José. A medida que se acercaba, Dieter comenzó a sentir una fuerte opresión en el pecho.
Decidió entrar en el templo y a los pies del altar estaba el mismo ataúd que tanto pavor le había provocado unas horas antes. Cuando, con el corazón martilleándole el pecho frenéticamente, el joven diplomático se acercó, pudo comprobar que en el interior del féretro yacía la joven con la que estuvo bailando la noche anterior. Iba ataviada con el mismo vestido de seda negro y los guantes de terciopelo morado, la misma piel marmórea adornaba su bello rostro. Con la visión nublada por las lágrimas, Dieter depositó la rosa blanca entre las manos de aquella hermosa joven mientras, ante la extrañeza de los allí reunidos, comenzó a tararear un vals: lalala lalala, tarara, lalala lalala, tarara.
***
Hoy Dieter acude fiel a la tumba de su amada, como lo lleva haciendo desde hace media centuria. No ha faltado ni un solo martes a su cita. Le lleva una rosa blanca, porque esa flor es su preferida y tararea el vals de las flores, lalala lalala, tarara, lalala lalala, tarara. Sabe que los asiduos del cementerio le llaman el loco de la rosa, pero eso le da igual. Él no está loco, él está enamorado. Enamorado de una blanca piel, de unos ojos negros y de un grácil cuerpo que baila al son de un vals.
Hoy Dieter se siente especialmente cansado, le ha costado mucho esfuerzo acercarse al cementerio para saludar a su amor y cuando llega a la tumba, después de depositar la rosa, se recuesta sobre la lápida para descansar un poco.
Cuando el vigilante lo encuentra al día siguiente, Dieter está frío como el mármol de la lápida sobre la que reposa, la expresión de su rostro es tan serena que se diría que está dormido, tan solo la lividez de su piel desmiente esa impresión. El guarda toca el silbato para dar la voz de alarma a su compañero, varios visitantes se acercan a comprobar qué pasa y todos ellos se miran extrañados pues del interior de la tumba donde está tendido el loco de la rosa sale una voz que tararea lo que parece un vals.
***

Dicen que en las noches gélidas de febrero, cuando se acercan los días de carnaval, en una tumba olvidada del cementerio de San Isidro, el aire huele a rosas y se ven las siluetas de un hombre y una mujer vestidos de época bailando un vals. Lalala lalala, tarara, lalala lalala, tarara.


Madrid, noviembre de 2017.

(1) El vals de las flores se compuso en 1892. He querido emplear esa pieza como música de fondo en esta historia anterior en el tiempo por la relación entre la rosa blanca y el título del citado vals. Espero que se me perdone la licencia literaria.