LA COLECCIÓN/David Rubio Sánchez

David Rubio Sánchez (1971, Sant Adrià de Besòs). Inició su  andadura literaria con dos talleres de escritura creativa de Aula de Escritores, después publicó  en redes literarias como "Falsaria", "El Relato del Mes" o "Literautas" en cuyas antologías anuales se han recogido algunos de sus relatos.
  Con el colectivo literario de Valencia Escribe participa en su revista digital y en sus tres últimas antologías de relatos "Buffet Libre"," El tiempo y la vida" y "Relatos con Banda Sonora"
  En mayo de 2016 publica su primer libro de relatos de ciencia ficción " Los demonios exteriores", nacido de un proyecto literario de la página de recursos literarios "Cafetera de Letras".


LA COLECCIÓN


La puerta le pareció un muro de roble tan macizo como el oro del pomo. Sacó una foto de Laura y la acarició mientras, a su lado, el mayordomo informaba de su solicitud de audiencia a través del intercomunicador.
  —Señor, el ejemplar Jaula25 pide permiso para hablar con usted —le oyó decir.
 Un sonido agudo anunció que la petición era aceptada. El sirviente se volvió a hacia él y le indicó con el brazo que pasara al despacho.  Guardó la foto en el bolsillo, se apañó el nudo de la corbata y entró. Anduvo por alfombra que marcaba el recorrido hasta la mesa que, como el resto de la decoración, era de estilo victoriano. Tras ella, el Señor le observaba con las manos entrecruzadas.
  —¿No deberías estar ya en tu celda?
 —Sí, Señor —respondió mientras se apoyaba en el espaldar de la silla de visitas.
  —Y, sin embargo, te presentas en mi despacho a escasos diez minutos de la revista. ¿Qué deseas, Jaula25? —preguntó el Señor, haciendo especial énfasis en la denominación.
  —Mi nombre es Martín.
  —¿Cómo dices? ¿Tengo que recordarte la cláusula primera del contrato?
  —Por… por eso estoy aquí. Quiero rescindirlo.
  —¿Rescindirlo? —El Señor se quitó sus gafas de montura redondeada y comenzó a aplicar un líquido para limpiarlas—. ¿Acaso he incumplido alguna de mis obligaciones?
  —No, al contrario, tengo todo lo que nunca podría haber soñado.
  —Bien, entonces, ¿cómo se llama ella?
  Martín notó un súbito rubor. Y cierta incomodidad. Mencionarla en ese despacho le pareció sucio.
  —¿Por qué tendría que haber una mujer? —preguntó intentando apartarla de la conversación.
  —Vamos, eres un jaula y cuando te compré no tenías pareja. Solo el enamoramiento puede haceros atrevidos.
   —¿De verdad cree que el ser humano es tan previsible?
  —La individualidad humana está muy sobrevalorada. En realidad, solo existen tres patrones y apenas cien variedades. Ya casi los tengo todos.
   —¿Patrones?
   —¿Recuerdas qué pregunta tuviste que responder antes de la compraventa?
   —Sí. Me dieron una lista con tres objetos y se me pidió que eligiera el que mejor me definía.
    El Señor volvió a colocarse las gafas y accionó un botón de la consola que se encontraba en la esquina de la mesa. En ese instante, la pared situada a su espalda se deslizó lateralmente mostrando un mosaico de pantallas de televisión; cada una mostraba el interior de una celda, y, en cada una, su ocupante. Todo el conjunto constituía un muestrario de hombres y mujeres de toda índole.
    —Exacto. Debías escoger entre un teléfono, una jaula y un sombrero. —El Señor no pudo ocultar regocijo en sus palabras—.  Ser coleccionista es algo con lo que se nace, y siempre ansías la pieza única. Yo poseo la colección única. Míralos. Contempla los tres patrones en los que puede dividirse la especie humana. En la fila de arriba, los sociables, simples y extrovertidos teléfonos; en la de abajo, los pensadores y retraídos jaulas; y, por último, los que más me gustan, los más complejos: los adaptables, manipuladores e inteligentes sombreros. Siempre saben cuándo mostrarse y cuándo ocultarse.
    Al firmar el contrato, Martín pensó que le había tocado la lotería. Saldo ilimitado en su cuenta bancaria, libertad para hacer lo que quisiera y solo una obligación: regresar cada noche a esta mansión, recluirse en una celda y esperar a que el Señor pasara revista a todos los que, como él, formaban parte de su colección.
   —Es macabro —dijo mientras observaba la pantalla que mostraba su celda vacía y el rótulo sobreimpresionado que, como el panel de un zoológico, indicaba: «Espécimen: Jaula25».
    —No voy a negarte cierta lujuria en la satisfacción que me produce saberos por ahí, relacionándoos con el resto del mundo, viviendo vuestra vida... Pero míos al fin y al cabo. —El Señor miró a Martin con severidad—. ¿Piensas que por rescindir el contrato vas a ser más libre de lo que eres ahora?
     —Sí.
     —Muy bien. Recuerdas lo que eso implica, ¿verdad?
    Martín sacó la cartera y dejó la tarjeta de crédito ilimitado sobre la mesa. Después, depositó las llaves de su apartamento y las del Ferrari. Finalmente, dejó un sobre con la carta de dimisión como director de una de las empresas del Señor.
    —Eso es todo —dijo Martín mientras acariciaba la foto de Laura en el interior de su bolsillo. Todo lo perdido no era comparable con la libertad de poder iniciar una vida con ella, sin ataduras ni vasallajes.
    —¿Estás seguro?
    —Ya no me queda nada más.
    —No. Todavía tienes algo. —El Señor cogió el teléfono—. Querida, puedes pasar.
    Martín sintió morirse cuando vio a su amada Laura entrar por la puerta.
    —Te presento a mi última adquisición. Se llama Sombrero37. Ahora, márchate. Eres libre.