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TODO LO PERDIDO/Carlos Wilfredo Trejo


Escritor mexicano (México, D.F., 1977). Estudió la Licenciatura en Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam). Ganador en 2007 de una beca para estudiar en la Escuela Dinámica de Escritores que dirige Mario Bellatin. Sus textos han aparecido en publicaciones electrónicas tales como Fantasci y Axxón. Historias cortas suyas han sido recopiladas en el libro Al diablo adentro, de la editorial Disculpe las Molestias. Ha sido invitado a dar clases de escritura creativa en varias universidades de su país y ha sido entrevistado para un sinnúmero de programas de radio.



Aún me despierto gritando, con el rostro lleno de sudor y las manos temblorosas. Cuando eso sucede me toma un tiempo calibrar que he dejado la pesadilla y he vuelto a la realidad que es tal vez aún más terrible. Durante un minuto o dos no sé dónde me encuentro y me asusto de mi propia respiración agitada. Digo el nombre de mi esposa, la busco a ciegas con mi mano izquierda pero no la encuentro; pronto entiendo que ya nunca más la encontraré.

El cuadro frente a mí. El pintor me habla de su trabajo, algo respecto a que es una de sus obras tempranas en la cual se observan aún muchos defectos y poca técnica. Dice que es la primera ocasión que alguien se interesa en esa pintura. Mientras habla observo la manera en que su bigote se mueve de un lado a otro, tembloroso, como un gusano que sube la rama de un árbol. Debajo del bigote hay lo que se adivina como unos labios delgados, casi femeninos. Por lo demás, la apariencia del pintor es bastante ordinaria, casi un cliché, diría yo; pantalones de mezclilla, botas, camiseta con la leyenda de un encuentro de pintores en alguna ciudad a la cual jamás he ido y encima un blazer de pana. Todo él huele a tabaco. Toda la casa huele a polvo y al sabor dulce que me imagino deben tener los oleos.

Hay muchas más pinturas en la habitación, una sala grande con ventanales altos por los cuales entra el sol de la tarde. Afuera, los jardines verdes y el sonido de las aves y de los aspersores de agua regando el pasto. Tengo la sensación de estar en una casa a la mitad del bosque, un oasis como esos que tantas veces he visto en viejas ilustraciones de pintores del renacimiento. Pero la casa está casi en el centro de la ciudad. Lo que siento no es más que una ilusión.

El pintor me invita a ver los otros cuadros pero le digo que sólo estoy interesado en este; la imagen de una mujer de cabello castaño claro, de espaldas, con un vestido ligero algo parecido a un camisón de noche y que sobre el hombro izquierdo lleva una chalina negra con el grabado de una flor que se parece al sol. Se extraña. ¿Puedo saber qué ve en él? Pregunta.

Quiero acercarme al cuadro y colocar la nariz muy cerca del hombro de la mujer, olerla, sentir el aroma de su perfume mezclado con el sudor, subir mi rostro y hundir la nariz en su cabello. Decirle que la extraño más de lo que he extrañado a nadie nunca.

La noche del incendio. Han pasado varios meses y el recuerdo aún me persigue como un animal salvaje al darle cacería a un ciervo. Una sombra espesa, pegajosa, que por la noche da aún más sombra, como si la oscuridad le diera poderes. Una sombra a la cual aún no averiguo cómo matar.

El arte no es mi especialidad. No puedo responder a la pregunta de qué he visto en la pintura sin que la lengua se enrede consigo misma. Soy como un bebé que está aprendiendo a caminar, con la salvedad de que estoy seguro que nunca llegaré a hacerlo. El arte no es mi fuerte. Mi esposa es la que se encargaba de llenar la casa con réplicas de cuadros famosos y le gustaba pasar el momento de la comida explicándome sus significados, la composición, el periodo en que fueron realizados, qué quiso decir el artista con cada uno de los símbolos colocados; pero mi mente siempre estuvo en otro lado. Me arrepiento de no haber puesto atención mientras observo el rostro atento del pintor que espera mi respuesta.

Dígame, ustedes los pintores… no sé cómo preguntarlo… tal vez lo que voy a decir sea algo personal así que no tiene la obligación de contestarme… ¿Ustedes los pintores se enamoran de todas sus modelos?

El pintor lanza una carcajada fuerte que me parece ensayada, como esas que vemos en los programas de televisión y que se repiten una y otra vez, como una caricatura de sí mismas. Abre la boca grande, echa la cabeza un poco hacia atrás y cierra los ojos. Una carcajada fuerte y breve. Una risa por completo falsa.

Debo confesar, dice el pintor, que me gustaría que eso fuera verdad. Pero no. Por lo menos en mi caso y en el de varios de mis amigos eso no sucede. Aunque, si quiere saber la verdad, la modelo de este cuadro sí fue mi novia. Durante un corto tiempo, pero lo fue. Ella era estudiante de arte cuando nos conocimos. Le gustaba posar para mí pero nunca pude hacer un retrato decente de ella. El único que conservo es este e, irónicamente, no se le ve el rostro. ¿Qué habrá sido de ella? Dice llevándose una mano al mentón.

Clavo la mirada en la línea que marca el omoplato de la mujer, en esa espalda joven que no llegué a conocer a esa edad. Creo que mis años con ella no fueron suficientes. ¿Pero qué vida es suficiente?

Aún me asusto cuando me llega el tufo a carbón incendiándose. Las mañanas, mientras camino hacia el trabajo y debo pasar por las calles del centro, abarrotadas de hombres y mujeres taciturnas, cansadas, que al igual caminan con desgano hacia sus trabajos, son un martirio. Sobre las banquetas hay gente que vende comida callejera. Los trabajadores se detienen alrededor de ellos y comen algo barato y rápido sólo para no llegar con el estómago vacío. Esos vendedores suelen tener anafres que encienden con carbón y el humo llena las calles, simulando neblina, ocultando a todos con su capa borrosa de anonimato. Ese aroma me pone los pelos de punta. Quiero gritar y apagar todos los anafres, decirles que se aparten, pero debo hacerme el fuerte y aguantar. Camino rápido hasta salir de esas calles y ocultarme en la soledad de mi oficina.

¿Acaso usted es reportero? Pregunta con malicia el pintor.

No. Qué va. Soy contador.

¿Y colecciona arte?

A quien le gustaba el arte era a mi mujer. Ella tenía la casa llena de cuadros que compraba por aquí y por allá. Nada demasiado costoso. Ella era la aficionada a esto. Yo me confieso ignorante en el tema.
Habla usted de ella en pasado.

Desde hace poco más de un año soy viudo.

Oh. Lamento escucharlo.

Pero me quedó la nostalgia.

La casa siempre estuvo llena de libros de arte que nunca leí. Prefería leer el periódico, la sección de deportes, y llenar los crucigramas. Mi esposa siempre estaba escribiendo algún artículo para alguna revista o preparando alguna clase o revisando la tarea de sus alumnos. Éramos esa pareja que ha caído en la rutina de acompañarse en silencio mientras cada uno se dedica a lo suyo. Pero éramos felices.

Aquel día tuve la mala fortuna de trabajar hasta muy tarde. Uno de esos famosos cierres de año en donde los escritorios se llenan de papeles y todos los del departamento contable debemos despedirnos de cualquier hora libre que creyéramos tener. Cualquiera que se haya dedicado a esto puede comprenderlo. Ese día en especial el jefe estaba de muy mal humor. Había gritos por aquí y por allá. No soy bueno manejando el estrés. Rápido se me nubla la cabeza y no puedo pensar con claridad. Tiemblo, como si recordara los regaños de mi padre cuando era yo niño y había hecho alguna travesura. Nadie podía pensar siquiera en insinuar salir temprano. Nadie podía irse de la oficina antes que el jefe. Y ahí estaba yo, en medio de pilas de documentos y facturas, arrastrando el lápiz, apretando los botones de la calculadora hasta hacer que todos los números cuadraran. Llegué a casa en la madrugada, cuando los bomberos estaban tratando de apagar el fuego del edificio en que vivíamos.

Recuerdo el aroma del viento y la ceniza flotando en el ambiente. Mis ojos, era como si alguien me hubiera arrojado trozos de vidrio, los cerraba y me dolían. Mi rostro lleno de hollín y lágrimas. Dicen los enfermeros que no paraba de gritar y pedirles que me dejaran entrar a casa, que no dejaba de preguntar por mi esposa. Pero no recuerdo nada de eso.
Lo perdí todo. Los libros, las fotografías, los cuadros, su ropa; a ella.

El único recuerdo que queda es este cuadro.
¿Puedo saber por qué le interesa este en particular? Vuelve a preguntar el pintor. Pero sigo sin palabras.

La policía dijo que los cuadros ayudaron a propagar el fuego. Miro la habitación del pintor y pienso que estoy en medio de una bomba de tiempo. Hago cálculos mentales de cuánto tardaría en incendiarse todo este lugar hasta sus cimientos. Tiemblo. Espero que el pintor no haya notado el movimiento de mis hombros.
Me percato que los ojos del escritor, bajo la luz indirecta del sol, son más claros de lo que creí en un principio. Su mirada se clava en mí, como un dedo que se hunde en el pecho poco a poco pero con fuerza, hasta causar dolor.
Usted, me dice, ¿conoció a la modelo?

Algo así, contesto luego de un momento de pensar la respuesta.
Vaya. En ese caso, entiendo su interés en esta pieza. Puedo darle precio especial, dice mientras relaja el cuerpo por primera vez.

Desde otra habitación gritan que ya está lista la comida. Por primera vez noto que al olor del polvo y al sabor dulce que me imagino deben tener los oleos se le suma el de los frijoles y chorizo. Pongo atención y huelo también tortillas recién echadas en el comal. Siento una punzada de hambre.

No quiero quitarle más su tiempo, me apresuro a decir antes de que al pintor se le ocurra, por cortesía, invitarme a su mesa. No soy bueno socializando, no soy un buen conversador y con facilidad me incomodo ante los extraños.

Le doy la mano. Noto su gesto de desilusión, como si fuera un niño que esperara recibir un regalo pero al final no lo obtiene. Abre la boca para decir algo pero al final todo se queda en sólo un gesto.

No pregunto el precio del cuadro. No quiero que el pintor piense que no tengo dinero suficiente para comprarlo.

El pintor apunta su número de teléfono en un papel y me lo da, me dice que espera pronto saber de mí.
Yo le llamo, digo.
Antes de salir doy un último vistazo a la espalda ligeramente bronceada de la que algún día fuera mi mujer.


Carlos Wilfredo Trejo

MÉXICO, D.F.

Comentarios

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Que gustazo es leer un texto tan natural, tan bien escrito y que se entienda todo desde los primeros renglones.
    Felicidades para Carlos por este retrato del amor cuando persiste aún más allá de la pérdida. Es cierto lo que dicen que en internet las personas están acostumbradas a textos cortos y a ir a salto de mata por llamarlo de alguna manera. Pero cuando realmente encuentras placer en la lectura y encuentras el momento oportuno (esta es la clave para mí) no hay textos largos ni cortos, simplemente hay malos o buenos textos como es el que hoy nos regalas. Un abrazo y gracias.

    ResponderEliminar
  3. El mundo del Arte es misterioso, tanto para el autor como para el simple espectador. Diría que mi amigo Carlos, hace magia con sus letras.

    Fue de las primeras personas que me dijo que los textos largos difícil de leer en internet, no más de mil caracteres, pero creo que si la historia es interesante, merece la pena pasar unos diez minutos saboreando este escrito.

    El autor, en la actualidad escribe para su Editor y para su esposa. Le deseo toda la suerte del mundo.

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