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ROMANCE DE BALDOMERO/Gemma Minguillón






En una fría mañana de meseta castellana,

sentado en un altozano, debajo de un avellano,
plañíase Baldomero (hablo del padre, el primero)
de la miserable vida que llevaba el jornalero.




“Todos mis antepasados trabajaron sin reparos

en esta labor tan dura que ejercieron con premura
pues, aunque muy buena gente, ninguno salió escribiente
y ganábanse el lechazo doblegando el espinazo.



Cierto es que mi primogénito no ha salido una lumbrera;

tiene el cerebro congénito de esta mi familia entera.
Mas, si tanto he trabajado, si no he gastado ni blanca,
es porque yo he deseado que sea un hombre de banca,
o médico, o abogado, yendo raudo y disparado
a estudiar a Salamanca”.




Cuando Baldomero hijo se enteró de la noticia

se buscó un buen escondrijo, tan pronto como le dijo
su madre aquella primicia:
“¿Estudiar!? ¡Qué disparate! Los codos hay que gastar,
La vista que ejercitar y las neuronas usar, sin remojar el gaznate!
Madre, dígale usté al viejo que yo no quiero estudiar;
que prefiero trabajar aquí…o en Almendralejo!”



“¿Trabajar!?”, dijo la madre. “¡Pero si en toda tu vida

nunca cogiste una brida ni te arrimaste al lagar!
En esta casa tú has sido, desde el día en que has nacido,
una boca a alimentar! Vete, pues, a Salamanca,
montado en esa potranca, que te puedan desasnar!”




Al cabo de una semana, un día por la mañana

regresaba Baldomero a disfrutar, placentero,
su primer fin de semana. 
Su madre, al verlo llegar de tal manera ataviado 
y con aquél caminar que pretendía educado,
miróselo cautelosa, sin sospechar (aunque viendo)
por dónde iría la cosa.



Al verla allí platicando con unas cuantas vecinas,

Baldomero se volvió y, asombrado, contempló
el corral de las gallinas.



“¡Virgen Santa! ¡Jesucristo! Cierto es que la vista engaña;

Pues ni con toda mi ciencia, ni con mi extensa experiencia,
ni con mi arte y mis mañas, ¡jamás pude sospechar
que encontraría en mi hogar ese tipo de alimañas!”



La madre se santiguó, no tanto por la blasfemia,

si no por la tontería y la necedad que vio.
“Hijo mío, Baldomero, sabes bien que yo te quiero,
pero esto ya es cosa fina; pues en Madrid y en Toledo,
en Barcelona y Laredo, en Nueva York, en Olmedo,
y hasta en la misma Argentina,
el más gilipuertas sabe distinguir a una gallina.



Mira, si ese es el servicio que a ti la ciencia te ha hecho,

coge la azada de padre y vete hasta aquél barbecho,
ponte a cavar un buen rato, y haz así algo de provecho”.




Por eso dice el refrán que, si no se tiene testa,

Cuando Dios no te la da, Salamanca no la presta.




Gemma Minguillón
Barcelona-España

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