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TABULA RASA.HISTORIA DEL ELECTROSHOCK /Darío Cavacini





Darío Cavacini. Nacido un 11 de marzo de 1983, en Quilmes, Buenos Aires. Se formó como Licenciado en psicología en la UBA en 2009 y como fotógrafo en el Instituto Argentino de fotografía en 2003. Realizó la especialización en fotografía de danza y teatro con Carlos Furman en el Teatro General San Martín de la Ciudad de Buenos Aires. Durante 2009 y 2014 conformó Bes Arabia fotografía, un proyecto que unió, a través de muestras itinerantes, diferentes producciones teatrales de Argentina, Chile, Brasil, México y Guatemala. Desde 2013 se volcó al documentalismo y el fotoperiodismo, a partir de la Diplomatura en fotografía e investigación documental de la UBA y varios talleres con la cooperativa de fotógrafos SUB. En los últimos años colaboró con revistas de Argentina, Chile, México, Perú, Francia y España y dictó el taller terapéutico de fotografía con orientación documental en diferentes instituciones de salud mental de la Ciudad de Buenos Aires. Actualmente integra el Colectivo de Acción Fotográfica Veinticuatro/Tres donde realizan producciones audiovisuales y coberturas periodísticas para medios nacionales y extranjeros.



Tabula Rasa

Historia del electroshock y una experiencia argentina



Las décadas del 40 y 50 son recordadas dentro del mundo médico psiquiátrico como épocas de grandes avances y desarrollos, entre los que se destacan la creación del manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales (DSM), el surgimiento de la psicofarmacología y la masificación  de una serie de tratamientos para curar enfermedades mentales tales como la leucotomía, el coma insulínico y la terapia electroconsulviva (TEC) popularmente conocida como electroshock.

Este último logro fue uno de los más mentados y rápidamente difundidos en occidente como una novedosa manera de expulsar los dolores psíquicos a través de la corriente eléctrica. Cien años después del nacimiento de la psiquiatría y el manicomio (como lugar específicamente médico, propicio para la cura) se producía otro intento por humanizar la vida de los internados.

El iluminado esta vez sería el neurólogo italiano Ugo Cerletti quien luego de observar en un matadero cómo lo cerdos se tranquilizaban al recibir una descarga eléctrica antes de ser faenados, diseña y prueba en un paciente humano la nueva técnica. Era abril de 1938 y en colaboración con su colega Lucio Bini, experimentan por primera vez la TEC en una persona diagnosticada con esquizofrenia, que presentaba delirios, alucinaciones y confusión. Su idea era que a través de su uso se podrían limpiar las mentes de los pacientes enfermos para que vuelvan a empezar de cero, imprimiéndoles una nueva personalidad.

De esta forma relataba el propio Cerletti la experiencia: “…Fui al matadero (...) Colocaban en las sienes de los cerdos unas grandes pinzas metálicas que estaban conectadas a la corriente eléctrica (125 voltios) (...) Los cerdos quedaban inconscientes, agarrotados, y unos segundos más tarde se agitaban como consecuencia de las convulsiones, como sucedía con los perros que utilizábamos en nuestros experimentos (...) Sentí que podíamos aventurarnos a probarlo en personas.
Tan pronto como se introducía la corriente, el paciente reaccionaba con una sacudida, y los músculos de su cuerpo se agarrotaban; después quedaba tendido en la cama sin perder la conciencia (...) Se propuso que deberíamos dejar al paciente descansar durante un cierto tiempo y repetir el experimento al día siguiente. De repente, el paciente, que evidentemente había seguido
nuestra conversación, dijo claramente y con solemnidad, sin las incoherencias que decía habitualmente: “¡Otra vez no! ¡Es mortal!”.[1]

Prontamente se crearía un mercado que apoyaría la causa, numerosas investigaciones que daban cuenta de los beneficios de esta técnica eran realizadas por las propias empresas fabricantes de la maquinaria implementada en las sesiones. Los resultados obtenidos en estas investigaciones científicas obviaban la mayoría de los efectos adversos causados, centrándose sólo en las supuestas mejorías observadas.

Es necesario repasar algunos de estos efectos no deseados de la TEC para intentar comprender el alcance de los daños provocados en quienes han sido víctimas de su implementación: 

Durante los primeros años, el electroshock fue utilizado en seco, sin anestesiar previamente a los pacientes, lo cual provocaba quebraduras en la columna vertebral y la mandíbula principalmente, y daños en los músculos a causa de la tensión que generaba la corriente eléctrica. Es recién a partir de la década del 60 cuando se comienzan a implementar barbitúricos anestésicos con el objetivo de disminuir el sufrimiento  que causaba.

En algunos casos se registraron daños cerebrales irreversibles como hemorragias, necrosis, amnesias y disfunciones cognitivas severas. Walter Freeman, quien fuera el médico que introdujo la TEC en Estados Unidos, argumentaba que cuanto más grande era el daño producido, mayores serían las probabilidades de que remitan los síntomas. Según su idea, un paciente podía pensar con mayor claridad y de manera más constructiva con una parte operativa de su cerebro más pequeña.

Uno de los usos principales de la TEC era tratar personas con depresiones graves sobre las cuales se habían implementado previamente otros tratamientos, pero no habían tenido el resultado deseado. Sin embargo la tasa de recaídas en las depresiones, durante los primeros 6 meses de aplicado el electroshock, promediaba el 90%.

Otro efecto contradictorio de esta técnica era que luego de su aplicación en personas con riesgo de suicidio, muchas de ellas, aturdidas por los recuerdos de la corriente eléctrica recorriendo su cuerpo, se han quitado de la vida. El suicidio del escritor estadounidense Ernest Hemingway luego de meses de sesiones electroconvulsivas es un claro ejemplo de aquello.

Como nunca se pudo comprobar la relación directa entre este tipo de hechos y la TEC, las muertes no fueron tenidas en cuenta como consecuencias de esta técnica, sino solamente como manifestaciones del estado en que se encontraban aquellas personas y que no pudo ser revertido, ni siquiera con la aplicación de este método milagroso.

Con profunda ironía, el poeta Jacobo Fijman ilustraba la ineficacia de la TEC: “Los médicos me aplicaron el electroshock. Seguramente veían en mí un mal que pretendieron expulsar con la electricidad. Y ciertamente parece que me hizo bien. Hace años que no me resfrío”[2]

A pesar de los efectos colaterales causados, esta pseudo-terapia fue rápidamente difundida por el mundo occidental como la solución a los problemas sin resolver que durante décadas le habían quitado el sueño a psiquiatras, neurólogos y psicólogos.

Teniendo en cuenta los enormes riesgos que conlleva su implementación, la discutible eficacia terapéutica demostrada, sumados al abuso, la humillación y el menosprecio que produce, cabe cuestionarse por qué el electroshock fue una práctica con un arraigo tan fuerte dentro de la disciplina psiquiátrica, y por qué, todavía hoy, sigue siendo validado como método para tratar enfermedades mentales.



EL EFECTO PSIQUIÁTRICO[3]

Hasta la vuelta de la democracia en Argentina, la TEC seguía siendo usada masivamente y sin los recaudos necesarios que ayuden a amortiguar los efectos no deseados. En un informe realizado por Gustavo Gualtieri se relata el uso que se le daba al electroshock en la Colonia Psiquiátrica de Oliveros, en la provincia de Santa Fe. [4]

Según consta en los registros diarios de las guardias, entre fines de los años 60 y principios de los 80 se habían realizado, sólo en esa colonia, más de 7500 sesiones de electroshock, de las cuales 5000 habían sido aplicadas en forma directa, es decir sin anestesia previa. Es válido insistir que, desde principios de los años 60, la psiquiatría estableció el procedimiento adecuado para su uso con el fin de disminuir el sufrimiento en los pacientes. Las sesiones realizadas en forma directa estarían encuadradas como mala praxis, debido a la alta concurrencia de lesiones graves que provocan.

En los registros también figura que muchas de estas sesiones se realizaban por motivos insólitos como indicación S.O.S. y electroshock al ingreso (como bienvenida al manicomio). También constan denuncias de fugas de pacientes que al ser reingresados a la colonia padecieron intensas sesiones de TEC durante los días subsiguientes.

Algunas personas han sido sometidas al uso del electroshock debido al cuadro de excitación que presentaban, porque estaban muy alteradas, según palabras de los propios psiquiatras. Lo que nunca se tuvo en cuenta es que ese estado era la manifestación del sufrimiento existencial provocado por el encierro y el maltrato del que son víctimas muchos pacientes durante su estadía en el manicomio.

Otra de las aberrantes maneras en que se la utilizaba era por sorpresa, técnica llamada electroshock en pelo. Se aplicaban por detrás y de forma repentina los electrodos en las sienes, sin preparación ni aviso previo, mientras el paciente estuviera sentado o de pie. De esta forma quedaba en un estado de profunda confusión y abulia, con una alta probabilidad de sufrir daños en huesos y músculos, paros cardíacos e incluso la muerte.

Ninguna terapéutica regía en estos casos, sino que la idea que sostenía su aplicación era la de un castigo por realizar alguna conducta considerada inadecuada por alterar el orden manicomial. Mediante este tipo de técnicas se buscaba disciplinar a los pacientes durante el período de internación, equiparándose de esta manera a los antiguos tratamientos perpetrados sobre enfermos mentales como la silla rotatoria, los baños de agua helada y las camas de fuerza.

En el informe también se detalla que durante 1976 - 1977 (primeros tiempos de la dictadura cívico-militar en nuestro país) las sesiones de electroshock aplicado de manera directa fueron mucho más frecuentes que en los años anteriores, produciendo mayor sufrimiento e incrementando el número de fallecidos por esta causa.

Tres pacientes de la mencionada colonia murieron a causa de convulsiones subintrantes o colapso cardiovascular el mismo día en que recibieron electroshock y una mujer falleció por un cuadro de abdomen agudo 48 horas después de haber sufrido la aplicación de electroshock directo por excitación.

Asimismo entre 1976 y 1981 aparecieron al menos 12 cadáveres de pacientes flotando en el río en las inmediaciones de la colonia, sin que las autoridades de la misma pudieran explicar realmente las causas de tales hechos. En el informe se deja entrever que algunos de estos fallecimientos habrían sido a causa de la implementación de la TEC como castigo por realizar conductas inadecuadas.

En diálogo con Gualtieri, una paciente relató su experiencia con la TEC durante aquellos años: “…Me hicieron electroshock unos meses después de nacer los chicos(…) con el primero, eran siete golpes fuertes con las cosas esas acá (hace un gesto llevando las manos con los puños cerrados a las sienes) (…) con el segundo me internaron cuando él tenía seis meses, fueron más o menos cinco (repite el mismo gesto) (…) con el tercero fueron más cortos y suaves, pero eso sí, dos veces por día durante una semana (…) me puse a llorar y le pedí a la doctora que no me lo hicieran más.. Ella dijo que juraba que no me iban a hacer más electroshock y que ya mismo lo anotaba en la carpeta (…) los electroshocks eran para fortalecerme, no sé, pero parece que no tuve suerte, eran otras épocas, eran unos asesinos esos…”

La aplicación de la TEC en muchos pacientes de Oliveros fue un espejo del uso que se le dio a esta técnica durante el Nazismo con los propios soldados que caían presos de colapsos nerviosos por cuestionar los crímenes cometidos y al que le dio en nuestro país la dictadura cívico-militar a la picana eléctrica: se buscaba quebrantar a una persona, hacer desaparecer su subjetividad para volverla dócil y funcional a los fines de quienes detentaban el poder en ese momento.

Vale la pena reiterar que, dentro del manicomio, el poder está encarnado en la figura del psiquiatra quien, como resultado de su supuesto saber médico sobre la enfermedad mental, es el responsable del destino de las personas allí internadas, teniendo en sus manos la arbitraria selección de las técnicas aplicadas, sin tener en cuenta el daño subjetivo que provocan en quienes las padecen.

El electroshock usado como castigo y sin las precauciones necesarias para no incrementar el sufrimiento, que ya de por sí sienten muchos pacientes por el solo hecho de estar internados, genera daños no objetivables que raramente son tenidos en cuenta por quienes lo aplican, dificultando aún más el proceso de recuperación de quien acude a un hospital psiquiátrico con la esperanza de una mejoría.

Las condiciones de vida dentro de los manicomios, como micromundo que reproduce el escenario social del afuera, en muchas ocasiones, se ven intensamente recrudecidas en periodos dictatoriales, donde ciertas técnicas creadas por la disciplina psiquiátrica se utilizan como instrumentos represivos con el fin de borrar subjetividades, disponiendo de los cuerpos de los pacientes como objetos sobre los cuales es permitido realizar todo tipo de prácticas.

El encuentro con el horror de Gualtieri al recorrer esos libros de las guardias de Oliveros nos muestra que lo esencial sigue siendo conservar a cualquier precio el orden manicomial, aún a costas de la destrucción del paciente, sin miramientos.



VÍCTIMAS DE LA PELIGROSIDAD CIENTÍFICA

A pesar que todavía el mecanismo de acción del electroshock, por el cual mejorarían los síntomas de un paciente, resulta desconocido, la TEC es una herramienta terapéutica con vigencia en nuestro país. También sigue siendo utilizada en Inglaterra, EEUU y Japón, entre otros. Se estima que un millón de personas son sometidas a este tratamiento cada año.

Se aplica sobre personas que presentan furor maniaco, melancolía aguda (con ideas delirantes de suicidio), catatonía o delirio agudo. Se utilizan como máximo diez sesiones, día por medio, luego de las cuales hay un periodo de descanso de 6 meses para que el paciente se recomponga. Solo se la debería implementar en aquellos casos donde se han probado todos los recursos terapéuticos disponibles y no han tenido el efecto deseado.  Sin embargo, a lo largo de su historia, el uso dado a la TEC se asemejó mucho más a una sesión de tortura que a un tratamiento médico. La intensificación de su uso sin anestesia en la colonia Oliveros durante los años dictatoriales es un fiel reflejo de aquello.

Enrique Pichon Riviere (considerado como uno de los precursores de la psicología social en Argentina) fue un fuerte defensor de la eficacia del electroshock como tratamiento para determinados casos graves; no obstante lo cual afirmaba que su uso como castigo era una práctica tan descarnada y desesperante como habitual dentro de la disciplina psiquiátrica.[5]

Aunque la maquinaria implementada ha sido aggionarnada en nuestros días con el objetivo de disminuir el padecimiento que provocaba en sus inicios, sigue siendo utilizado como sanción contra los pacientes y no como tratamiento en pos de ellos.

Los escasos y cuestionables beneficios registrados en aquellos sobre los cuales se ha aplicado la TEC (como por ejemplo la remisión parcial de algunos síntomas que presentaban previamente a las sesiones) solo han durado unas pocas semanas o meses, pero las consecuencias de ser sometidos a un trato tan cruel e inhumano perduran durante toda su vida.

Ningún tratamiento médico con diferencias tan amplias entre los costos y los beneficios ha sido validado y sostenido durante tanto tiempo a lo largo de la historia. Algunos psiquiatras sostienen que el electroshock ha perdurado a través de los años por el simple hecho de que ya estaba instalado como un tratamiento eficaz dentro del mundo médico-psiquiátrico (aunque nunca se haya comprobado fehacientemente su eficacia).

Es necesario cuestionarnos porqué una técnica creada, supuestamente, en pos de los pacientes ha sido utilizada para castigar aquellas conductas, consideradas por la psiquiatría como manifestaciones sintomáticas de la enfermedad, con el fin de impedir la alteración del orden manicomial, anulando de esta manera la posibilidad de darle un sentido singular a éstas.

Si toda conducta humana posee un sentido propio para quien la realiza más allá de lo observable, como un texto a descifrar o interpretar teniendo en cuenta todas las particularidades de la vida de esa persona ¿Por qué entonces han de ser suprimidos muchos de los comportamientos que realiza un paciente? ¿Qué idea guía aquellas modalidades de intervención represiva?

Uno de los principios sobre los cuales se funda la psiquiatría es el de considerar que toda persona internada (o plausible de internación) representa un peligro inminente tanto para sí misma como para el resto de la población. Por este motivo deben ser apartados con el fin de poner a la sociedad al resguardo del riesgo que supone lo impredecible de sus comportamientos.

Una vez internados, esta idea sigue siendo utilizada para mantener el orden dentro del manicomio. La disciplina psiquiátrica se ha servido de este supuesto para justificar una serie de medidas represivas llevadas a cabo contra los pacientes con el fin de evitar la posible concreción de esa amenaza. Este prejuicio también ha ayudado a crear, en gran parte, el imaginario social que se tiene respecto a los internados asociado al miedo y a la violencia que se utiliza para justificar la marginación de aquellas personas que padecen este tipo de problemáticas.

Podemos aventurarnos a pensar que esta rotulación ha influido fuertemente para que técnicas como el electroshock se hayan sostenido en el tiempo, justificadas muchas veces como una de las maneras más eficaces para controlar lo incontrolable, en nombre del bien común y amparados por la ciencia.

Este peligro que se supone intrínseco a la mayoría de los pacientes ha sido sostenido en el tiempo por las modalidades de intervención de la psiquiatría desde sus orígenes. De esta forma la exclusión de la sociedad, su encierro en un manicomio y los castigos aplicados, quedan justificados.

Mientras sigamos centrándonos en esos parámetros, muchos de los comportamientos de los internados serán considerados como un peligro inminente, por lo tanto deberán ser reprimidos para evitar que esa amenaza se transforme en realidad. Solo modificando ese estigma es que podremos empezar a vislumbrar algún cambio significativo que lleve a iniciar un proceso de recuperación basado en otros parámetros que no sean los de esta supuesta e inminente peligrosidad. Para ello es necesario, en principio, que la psiquiatría deje de ser represiva para transformarse en humana.






[1]John Read, Loren Mosher, Richard Bentall. Modelos de locura, Herder, Barcelona, 2006.
[2] Jacobo Fijman, Obras completas, Del Dock, Bs. As., 2005, pág. 20.
[3] El efecto psiquiátrico es la manera en que el poeta Jacobo Fijman llamaba a los experimentos realizados por psiquiatras sobre los pacientes, entre ellos el electroshock.
[4] Gustavo Gualtieri, Memoria y Verdad: Del Horror a una clínica posible en la Colonia Psiquiátrica de Oliveros, III Jornadas Nacionales Espacio Memoria e Identidad, Rosario (Sta. Fe), 2004.
[5] Vicente Zito Lema, Conversaciones con Enrique Pichon Riviere sobre el arte y la  locura, Cinco, Buenos Aires, 1976, pág.120.



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