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MADRE (Escrito 2.004) Lola O. Rubio









Anoche, madre me pareció verte entre las estrellas: una especial que brillaba con mucha fuerza. Así te recuerdo en las tardes de lluvia, mientras estoy bordando como tú me enseñaste. Te añoro aunque fue poco el tiempo el que estuvimos juntas. Dios omnipresente se te llevó demasiado pronto.



En los huecos de mi maltrecha memoria hay un sitio destinado sólo para ti, de los tiempos que compartimos cogiendo piedras y estrellas de mar en la playa, corriendo y riendo. El escuchar tu armoniosa voz cantando me llenaba de dicha, cuando volvía de casa de los abuelos. Me leías las cartas de mi padre, emigrante en la lejana Alemania ¡Tantos fueron los que se marcharon a tierra extranjera a hacer fortuna!



Sí, madre no olvido los platos típicos de nuestra tierra, como la pipinarra , la olla gitana, las patatas al ajo cabañil y sobre todo tu delicioso arroz con leche. Platos que ahora cocino en tu honor, en tu memoria.



Anoche me levanté queda, despacio. No podía dormir. Descubrí una caja de zapatos conteniendo las cartas guardadas tuyas y de padre. Al terminar, profundas lásgrimas surcaban mis mejillas. Era un amor de esos de antes, de entrega, de pasión contenida, de sueños por realizar, del futuro incierto del país, de la educación, Dos personas enamoradas que se preocupaban por el futuro de sus vástagos.



Las noches de verano se reunían las mujeres de las casas, y yo una niña me sentaba para escuchar tus bellas narraciones, historias de la guerra civil, de amor y de desamor. Todos callaban cuando tú hablabas madre. Eras una gran comunicadora. Estoy segura que habrías sido una gran escritora si no hubieras partido tan pronto,

Cuando los domingos íbamos a la iglesia del párroco Don Fulgencio, muchos hombres se volvían a contemplar tu serena belleza, tu felicidad, tu sonrisa al llevar a tu hija cogida de tu mano. Pronto vendría tu esposo, y no estarías sola. Ni tendrías que soportar pretendientes que creían adivinar que eras una joven viuda.



El día quince de cada mes íbamos al aeropuerto, en espera de la llegada de papá. Nunca se produjo. Tu mirada se marchitó, languideció y tu risa antes tan audaz, tan llena de vida, no brotaba de tus pulmones.



Dijiste que irías a la playa. Me dejaste en casa de los abuelos. Al día siguiente salía en todos los periódicos locales: “Mujer de unos treinta años, encontrada ahogada en Bahía de Guardamar. Responde a las iniciales A. R. C.”



El corazón se te rompió de sufrir por él. No pudiste vivir sin él. ¡Era tanto el amor que le profesabas!



Desde entonces, cada quince de cada mes se puede ver a una mujer joven, anhelante, esperando un vuelo procedente de Alemania.



Lola O. Rubio

Madrid-España

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