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UN PUEBLO DIFERENTE/Delia G. Joison

                                                       



Artista Plástica: Delia G. Joison

PINTURA - "EL ÁNGEL QUE AMPARA" Óleo y collage.
Realizado en Chile, Actuamente en E.E.U.U.






UN PUEBLO DIFERENTE



Se trataba de un pueblo diferente, especial. Las cosas vivientes, al poco tiempo morían, quizás no siempre de causas naturales. Se me ocurre -porque no es posible tantos fallecimientos en un sólo sitio y tan seguido– que podía ser la atmósfera, quizás el aire contuviese algo, o tal vez el agua, no lo sé, pero la gente, los animales, todo lo que estaba con vida, languidecía hasta emitir el último suspiro.

Era un pueblo extraño, en el cual nada resaltaba, porque los objetos e incluso las personas, parecían perder sus contornos, los mismos no tenían nitidez. Sus colores se desvanecían antes de intentar ser aquello para lo cual habían nacido.

Cada tanto, caían cuatro pobres y tristes gotas sobre los campos yermos, y en lugar de esparcir el rico aroma de la tierra húmeda, surgía un olor como a cartón. Los tres semáforos del pueblo, emitían una luz pálida y desvaída que motivaba a realizar un esfuerzo visual por ver cual de ellas estaba encendida.
En el único bar, se reunía la gente para charlar a veces, pese a que las voces se escuchaban en sordina, sin tonos ni timbres sonoros. Algunos un poco más expresivos, dejaban caer una lágrima cuando se les dificultaba vivir en medio de tanta insipidez.

En estos momentos, sentada ante una de las mesas del bar, se puede ver una pareja, él tiene los ojos tan encapotados que parece mirar a través de dos rejillas, ella debe haber sido muy hermosa hace tiempo, todavía posee una piel bien lustrosa y blanca, como piso de mármol encerado. Mas allá, dos hombres unidos por el silencio, muestran signos de abatimiento. A uno le cuelga el cigarrillo de una punta como si estuviese pegado a la boca, el otro tiene la piel similar a la masa un poco cruda, como si lo hubiesen sacado antes de tiempo sin estar del todo cocido. Y al único mozo que va de mesa en mesa, sufrido y desalentado, le queda demasiado holgada la ropa, colgándole casi como la cara. No toman nada ninguno de ellos. Simplemente se sientan ahí a ver pasar el tiempo. ¿Para qué tomar o comer algo si nada tiene sabor? Al principio cuando cocinaban, al preparado le tiraban sal y condimentos de los más fuertes, llegando a poner de a medio kilo de pimienta sin ningún resultado, la comida seguía sosa.

De vez en cuando alguien se creía enamorado, pero me pregunto también para qué, si en cuanto se encontraba a solas con su novia y se animaba a acariciarla, no sentía nada. Los dedos y todo el cuerpo, parecían anestesiados, incapaces de percibir los picos y valles, las hondonadas, los misterios de una mujer, sin aroma ni color, sin sabrosura, no valía la pena ni siquiera hacer el amor.

¿Cómo vivir plenamente de esa manera? No eran raros los suicidios, claro que sí. Dejaron de realizar bailes porque el equipo de sonido se paraba, al parecer cansado de sonar tan lúgubremente. Ni siquiera el clima ayudaba, siempre igual, aburridísimo. Jamás una tormenta, un calor tórrido, un frío que pelara los huesos, nada, siempre parejo, temperatura media, humedad ídem.
¿Acaso existía algún valiente capaz de prosperar ante eso? ¿A quién le interesaría descollar, destacarse? Imposible.

El pueblo tenia una proveeduría, porque aún sin tener sabor los alimentos, necesitaban comer todavía, asimismo había un dispensario que no se utilizaba, dado que cuando se enfermaban salteaban etapas, e iban directamente a la morgue. Existía una iglesia con campanas anémicas y una escuela cerrada, dado que crecieron quienes habían sido chicos, y no nacían otros. Pero eso sí, el cementerio florecía mucho mejor que las flores de la única plaza, abriendo sus capullos y deshojándose en el día.

Había sido un pueblo muy próspero, todos vivían en la riqueza, sin menesterosos ni persona alguna que pasara necesidades de algún tipo y poquito a poco, se dieron a la holganza, a subsistir sin un propósito, a vagar en medio de naderías.
De tal modo transcurrieron dos generaciones enteras. Todo era tan fácil... jamás un drama ni un problema, ni siquiera una contrariedad.
Desconocían las emociones intensas, dejaron de experimentar el amor, de vivenciar la pasión. De a poco fueron perdiendo el sabor de la vida, se escapó el gusto por ella, desconociendo el significado del maravilloso misterio que implica. ¿Cómo darse cuenta que era un milagro el estar vivos? En realidad, los perfumes, la música, los sonidos y colores estaban ahí, bien vibrantes y llenos de vida, estaban presentes, tal como la suavidad del terciopelo o de una piel sedosa, solo que ellos no estaban capacitados para darse cuenta y valorarlo. Sin reto alguno, sin motivaciones, desafíos o esperanzas, sin fe, había sido sencillo caer en la medianía, nadar entre los miasmas de ese pozo gris. Y la Naturaleza acompañó cada pensamiento, cada pobre y lastimero sentimiento.
Se tornó neutra, empatizando con ellos, como fiel reflejo de sus creadores.

Hasta que una noche.

Un voraz incendio destruyó en cuestión de horas, todo el pueblo. No quedó absolutamente nada en pié. Solo tenían un bombero, porque jamás en 300 años, hubo incendio alguno. El hombre, de bombero tenía solo el casco y una manguera de jardín, o sea, nada. Como fuera que se inició, creo que para ellos en honor a la verdad fue muy positivo. Al principio los hizo salir de su modorra, que más parecía una muerte lenta. Intentaron apagar el fuego con todo lo que tenían a mano. Prosiguió todo con una serie de sacudones emocionales y físicos, tales como realizar lo que hacía falta para reconstruir por completo el pueblo, tuvieron que dormir a la intemperie, conocieron el calor del medio día y el frío nocturno, pudieron admirar las estrellas casi por vez primera, incluso fueron picados por los mosquitos -algo nuevo para todos- siempre inmersos en sus casas con aire acondicionado. La lluvia los bañó por fuera e internamente percibieron que también fueron lavados, dejaron de ser pálidos y demacrados sujetos, para dar lugar al brillo de colores radiantes que nacieron en sus mejillas y toda su piel. Quien había sido panadera, enseñó a las mujeres a amasar el pan, y los hombres aprendieron a hacer el fuego. Comenzaron a construir sus casas, a sanar heridas, a ayudarse mutuamente, empezaron a darse cuenta del significado de estar con vida.

Se iniciaron verdaderamente en el amor, estrenando esa increíble bendición, la pasión absoluta de estar vivos.


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