DESIRÉE/Lola O. Rubio




Este fin de semana con amigos aún dejó sus huellas, las despedidas de soltero y sus excesos suelen pasar factura el día después. Despierto con un fuerte dolor de cabeza y borrosos recuerdos.  Me miro en el espejo del cuarto de baño y me sorprendo de mi aspecto: con barba de tres días, y con un hematoma en la sien derecha. No recuerdo nada, a mi lado duerme una mujer de cabellera negra, cubierta sólo por un culotte rojo.

Preparo café, un humeante café negro me reconfortará, o al menos, eso espero. La desconocida sale del cuarto, se acerca y la beso, sin mucho interés. Ni siquiera sé su nombre. Un aroma a lilas la envuelve. La sonrío y me pierdo en sus ojos verdes, en su cutis inmaculado. Es toda una belleza. La llamaré más tarde, ella me deja una tarjeta,  ya vestida y se despide con un ¿Nos volveremos a ver? Sacudo la cabeza con mirada embelesada. ¡Vaya mujer!


Voy sin rumbo. El ir y venir del gentío por las calles me causa malestar. Un mar urbano de gentes en un crisol de razas se entremezcla con las prisas de la gran ciudad. Mezcla de culturas e idiomas. No soporto el bullicio, resuena en mi cabeza un terrible ruido, martilleándome una y otra vez.   Necesito con desesperación salir de la gran urbe, ir al pulmón de la ciudad que es el Parque de Diamante,  donde tantas veces fui de más chico con los compañeros de colegio, a jugar a las canicas. Y, en mi adolescencia pasear en el estanque a aquella muchacha que me tenía loco por aquel entonces, cuando apenas cumplí los diecisiete, recitando poemas de Benedetti o de Neruda.

Ahora me dedico a la fotografía, me gusta retratar instantes de la vida de otros, cuando piensan que no son observados, el misterio de una mirada, la sonrisa de una quinceañera, retratar un estado de ánimo, jugar con el tiempo.  Antes era mi profesión. Fotógrafo free-lance en la Guerra de las Malvinas, en Afganistán o en cualquier lugar de conflicto. Hasta que vi más de lo que podía tolerar. El único recuerdo entre todos los que trato de borrar, es ese olor a muerte.  


Miro indiferente, a mi alrededor hasta descubrir a una mujer joven que está sentada en una terraza al aire libre,  removiendo un café,  con ojos perdidos, sin mirar a su alrededor. Su cabello color trigo refleja el sol en ellos, jugando con los colores del arcoíris en una bella composición.  Está escribiendo algo en una libreta, absorta, sin percatarse de mi mirada. Relajada, se lleva el lápiz a sus húmedos labios.  Agazapado detrás de un árbol,  abro el objetivo y disparo unas pocas instantáneas. Ella, con un gesto de coquetería femenina, juega con un mechón de pelo, sin cesar de escribir en la pequeña libreta. Mira al vacío, a un punto indefinido que no logro identificar, siguiendo su mirada. Con precipitación, abandona rápido el lugar. En la mesa, se queda la libreta, solitaria, huérfana, desvalida.

Con la rapidez de mis cuarenta años, intento correr tras ella, pero no hay rastro de ella. Camino sobre mis pasos y con manos temblorosas, sin que nadie me vea me apodero de la libreta, que está en el suelo, abierta en la hoja final. Con estupor leo:

 “Por favor, ayúdeme. Puede ponerse en contacto al  5550011 Desirée Aturdido, doy un largo paseo hasta mi domicilio, cercano al céntrico parque.
El dolor de cabeza no desaparece, me tumbo en la cama bajo un sueño reparador de no sé cuántas horas. Cuando despierto, el cielo se está cerrando. Con determinación,  me dispongo a llamar al número de teléfono encontrado, con curiosidad, y por qué no: intrigado por esa bella muchacha, con cara de ángel.
-      Buenas noches, ¿por favor, se puede poner al teléfono la señorita Desirée?

Un largo silencio se escucha al otro lado del hilo telefónico.
-      Señor, creo que no sabe usted el funesto desenlace. Mi hermana falleció en accidente automovilístico la semana pasada.
Debe ser un error pensé para mis adentros. Perplejo le pregunté el lugar y dónde estaba enterrada.
Sin más dilación me dirijo al camposanto. Me encuentro al pie de la tumba, dónde en la lápida reza:

” Desirée Müller García, fallecida a la temprana edad de veinte años. Tus familiares y amigos no te olvidamos. D.E.P.”

En la fotografía del nicho: la misma joven que retraté  hoy en la mañana.


LOLA O. RUBIO

Texto corregido el 25-10-2017



Nota: Relato para el concurso de octubre de "El tintero de oro"convocado por el blog "Relatos en su tinta"

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