LOLITA versión libre de "Navokov"/Lola O. Rubio


Lolita no estaba de acuerdo con los métodos del nuevo doctor. Ni siquiera le permitía tumbarse en su adorado diván. En la silla, estaba sentada muy erguida, unidas las piernas, y los brazos cayendo lánguidos, sobre su mochila de estudiante.

Escuchaba atenta el dictamen, sin dar crédito a las palabras del psicoanalista, después  de someterla,  al test de Rorschar, y diversas pruebas psicotécnicas,  el resultado, era que no tenía ninguna  patología psicológica, sino una  portentosa imaginación.

El galeno remarcaba, poniendo  énfasis,  vocalizando cada palabra que tendría que madurar,  encarar el futuro, y siendo menor de edad,  era lógico que el pariente más cercano;  se hiciera cargo de ella.  Era difícil de asimilar,  los tristes sucesos en su joven existencia. El fallecimiento de sus padres,  los superaría con el paso de tiempo.

Ella salió del despacho  muy enfadada,  dando un portazo, unas lágrimas de rabia luchaban por brotar. ¡No admitía el tono paternalista con el que era tratada! Ese tipo no le gustaba, le daba mal fario.

Buscó en su vieja mochila,  la tarjeta de su anterior doctor, ya jubilado. Sólo él la comprendía. Viajó en autobús,  en dirección a la parte norte de la ciudad, que se distinguía por sus jardines bien cuidados, y casas de dos pisos, con parking, y piscina.

Era una urbanización privada, en la que pedían acreditación,  para entrar. Burló al vigilante y se encaminó a la casa en la que habitaba su querido doctor.
Se encontró ante una amplia casa, rodeada de alta vegetación, que impedía ver su interior. Llamó al  video portero, al que pulsó con fuerza,   como si le fuera el alma en ello. Era tanta su angustia, de repente,  un gran temor se apoderó, mezclado con una timidez de si era “lo correcto o no. ¡Bobadas!” se dijo. Es mi doctor.

En la pantalla, un hombre que al principio no reconoció, por no tener su bata blanca, se encontró cara a cara, con el Dr. Zepol, que envuelto en un albornoz, exclamó asombrado cuando abrió el portón:
-      “Lolita, ¡Es una grata sorpresa! ¿Cómo va todo por la consulta? No he vuelto a tener noticias tuyas” Dijo el doctor.

-      El nuevo doctor es un listillo, recién salido de la universidad. Un estirado, que cree saberlo todo. Dijo Lolita.


-      Siempre supe de tu humor, tan inglés. Relájate. Ven a tomar una limonada, al borde de la piscina. Así conversamos.  tranquilos. Hago ejercicio de natación, todos los días. Hay varios trajes de baño, puedes utilizar uno de mi hija.

-      Es buena idea, hace excesivo calor, en esta estación del año. Se encontró,  con un jardín, y al fondo una piscina,  con forma ovalada. Pensó “esta casa no está nada mal”.

Mientras, el siguió en su tumbona leyendo un libro, pero no podía concentrarse. Esa chiquilla le turbaba demasiado, le exaltaba los sentidos. Empezó a sudar de forma abundante. No podía  pasar cinco minutos, impasible, ante esa florecilla salvaje, esa beldad manifiesta, esa inmadurez,  casi fingida. Esos ojos, penetrantes. Sus labios sonrosados, naturales sin carmín. ¡Viejo loco! –Entró en razón- podría ser su padre.

En aquel instante, Lolita salió de la caseta, luciendo un minúsculo dos piezas, que no dejaba nada a la imaginación. El tragó saliva, Se sentía como el cazador-cazado.
Ella, se zambulló en la piscina,  y como una sirena emergió, de las aguas,  subiendo por la escalera. Sonriente, colocándose coquetamente el cabello. Gotas resbalaban,  por su grácil, escultural cuerpo. Adolescente, sugerente, con sonrisa malévola.

Pensó “Estoy perdido”.

Cogió la limonada de él, y bebió despacio, mirándole a los ojos. Se pasó lenta,  su lengua húmeda, por sus labios, de forma que él, se sintió desnudo, ruborizándose. Lolita, con la máxima naturalidad, se quitó la parte superior del dos piezas, y se tumbó en la esterilla, para tomar el sol.

-¿Le importa darme bronceador en la espalda? -dijo ella.

Sus manos temblorosas, tocaron una piel suave, tersa.

-¿Le incomoda? Dijo ella, provocativa.
- Creo que no debo, dijo el viejo doctor.

Ella se dio la vuelta,  mirándole desafiante. El sólo la miró, con la furia de perderse, en esos labios carnosos, en ese cuerpo de diosa. Cerró los ojos. La pasión se desató, entre la muchacha y él.

El timbre de entrada, le despertó de su sueño ¡Viejo loco! Demasiado tomar el sol, le había reblandecido el cerebro, pensó para sí. Se encaminaba a la puerta, de la entrada pensando ¡Si los sueños se convirtieran en realidad! Alguien llamaba sin cesar a la puerta.



¡Lolita! ¿Qué haces aquí? Entra por favor, ahora te abro.






LOLA O. RUBIO

MADRID - ESPAÑA