UN BANCO FRENTE AL MAR/César García



Aquel verano decidí regresar a Santander donde estuviera años antes en unas vacaciones inolvidables con la familia. Ahora, divorciado y solo en la vida, un auténtico “single” como me acostumbré a ser llamado, decidí recordar viejos tiempos y me instalé en un hotelito costero. Existía un banco frente al mar, en un mirador donde yo me había sentado con la que fuera mi mujer y con nuestra hija y contemplado el horizonte en un día tan nublado como acostumbra por aquí.


Observé que el banco lo ocupaba una pareja, así que me acodé en el barandal y me fumé un cigarro… uno tras otro, porque la pareja no terminaba de irse. Me llamaron la atención y con disimulo les observé desde una zona arbolada cercana a la carretera que pasaba muy cerca. Ella parecía una mujer madura, de unos cincuenta años, melena rubia, tal vez un rubio teñido, no lo sé, con unas gafas que le daban pinta de intelectual. Él tal vez fuera algo más joven, no demasiado, la mirada un poco huidiza, lo que denotaba su timidez.


Sentí una extraña curiosidad, tal vez malsana, por esta pareja, una más de las muchas que paseaban por la zona, comían en las mesas de las áreas de descanso, frente al mar o recorrían en bicicleta la zona. Como no quería llamar la atención les observaba desde una distancia prudencial con el zoom de mi cámara de fotos que me había costado un riñón, un capricho de jubilado que busca nuevas aficiones, como si no tuviera bastantes.


No se movieron en todo el rato, parecían estatuas, me fui a comer y regresé, lo mismo, decidí acercarme a la playa cercana y pasear descalzo por la orilla, mojándome un poco los pies. Pasé cerca del banco, camino de un chiringuito, para cenar y allí continuaban. Tenían las manos unidas, miraban al frente, al hermoso paisaje marino que se podía contemplar desde aquel mirador. Las olas iban y venían, las nubes se iban y venían otras, el sol aparecía y desaparecía, pero a ellos no parecía importarles nada. De vez en cuando intercambiaban una mirada, una sonrisa, y luego sus ojos regresaban a su posición habitual.


Decidí regresar caminando a mi hotelito y al pasar de nuevo frente al mirador observé que la pareja continuaba allí, erre que erre. Eso me molestó, no sé por qué, tal vez porque se habían apoderado de mi banco y no me dejaban ni pasar unos minutos allí sentado, frente al mar, fumando un pitillo, o dos, o un paquete, porque a aquellas alturas ya estaba muy nervioso. Les había hecho unas cuentas fotos, de lejos, de menos lejos, con el zoom, sin él, de espaldas, de frente… Les hice algunas más, con luz nocturna, y decidí esperar hasta que se fueran a dormir.


Pero no se iban, no se movían. A lo largo de la línea costera se habían encendido las farolas o las luces que iluminaban casas, hotelitos o lo que fuera. La vista era preciosa, pero yo necesitaba aquel banco, aunque solo fuera durante cinco minutos. Las horas fueron pasando y a las dos o las tres de la madrugada decidí abandonar y regresar al hotel, que les dieran tila a aquella pareja de enamorados. Porque eso eran, ¿qué sino? Al día siguiente madrugué con la intención de arrebatarles aquel banco, pero ya estaban allí. ¿No se habían movido? Decidí preguntar por la zona, con mucho disimulo. Nadie sabía nada y aquel mirador era un lugar muy transitado, el banco se ocupaba y desocupaba muchas veces a lo largo del día. Pues bien, yo no había visto a nadie más en el mirador, salvo a aquella pareja que observaba el mar ensimismada, tomados de la mano. La zona había estado muy tranquila todo el día y continuó igual al día siguiente, pero yo estaba cada vez más intranquilo, ni el amor más feroz podría logar que una pareja permaneciera allí, horas y horas, días y días, sin moverse, cogiditos de la mano, sonrientes…


Estaba harto de aquella historia, decidí que aquella tarde, a la puesta de sol, me sentaría en aquel banco y me fumaría unos pitillitos, estuviera allí quien estuviera, la parejita enamorada o San Pito Pato el “amargao”, me daba igual. Y así lo hice… pero la pareja había volado. Busqué en mi cámara las fotos que había realizado y no las encontré, pregunté a viandantes y comerciantes, nada, nadie les había visto. ¿Me había vuelto loco?


Me informé, ninguna leyenda de enamorados que se aparecieran en bancos mirando al mar, nada. Me fumé un pitillito en el banco, mirando al mar y pensando y cavilando si no me estaría yo volviendo loco. Pasaron las horas, me fumé más pitillitos, pasaron los días, continué en el banco, mirando al mar, cavilando… Y entonces se me ocurrió. En efecto, era una idea genial. Tomé la cámara la coloqué en el trípode, puse en marcha el disparador automático y me senté sonriente… Cuando busqué mi foto no conseguí encontrarla. Y allí me quedé, sentado en el banco frente al mar, mirando el paisaje, fumando un pitillito tras otro y haciéndome una pregunta que repercutía en mi cabeza como un martillo pilón: si yo era un fantasma, quién demonios era aquella pareja.




CÉSAR GARCÍA
SORIA

Comentarios

  1. Un halo de misterio envuelve a la pareja del mirador. Un narrador omnisciente nos detalla lo que acontece con los protagonistas en lo que parece La idea de eterno retorno se refiere a un concepto circular de la historia o los acontecimientos. La historia no sería lineal, sino cíclica. Una vez cumplido un ciclo de hechos, estos vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero siendo, básicamente, semejantes. Me quito el sombrero, compañero de letras.

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  2. Un giro final imprevisible que hace si cabe la historia más atractiva. Estupendo relato!

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  3. La imaginación y el estado de de ostracismo, cual ectoplasma del delirio, materializando, el deseo de recuperar el tiempo y el espacio, dónde el amor fue una mágica realidad!

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  4. Un halo de misterio envuelve a la pareja del mirador. Un narrador omnisciente nos detalla lo que acontece con los protagonistas en lo que parece La idea de eterno retorno se refiere a un concepto circular de la historia o los acontecimientos. La historia no sería lineal, sino cíclica. Una vez cumplido un ciclo de hechos, estos vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero siendo, básicamente, semejantes. Me quito el sombrero, compañero de letras. Fotografía hace dos años en Santander. César, escribió un relato imaginado, dónde nos describía a mi esposo y a mí.

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