LADRON/ Lola O. Rubio



La vida nos golpea con crueldad, se dice pensativo el detective Suárez, mientras suena la sintonía de llamada de su teléfono “Live is life”, su melodía preferida de Opus. Está abstraído en sus últimos problemas. Le avisan que se presente en el Anatómico Forense.
María, la hija de Marcela, su primer amor en la Universidad ha sido encontrada muerta en su domicilio. Está en una camilla de una fría sala de la morgue, no tiene el valor de destapar la sábana que la cubre. Es cuando se nublan sus ojos pardos, y masculla entre dientes… “Justo ahora, que todo nos favorecía” Sus problemas económicos y con la familia dejaron de estar en un punto sin salida; cuando ella le dijo “que se divorciaría y que se iría de aquel hogar sin amor, de una vez por todas”.


En la oscuridad de la noche se percibe su silueta. Está solo, fumando sin cesar. Añora su compañía, las palabras que nunca le dijo. Esa mujer lo dio todo por él. Recuerda con nostalgia esos días de entrega, de pasión, de reír por todo y por nada. Confidencias de dos adolescentes enamorados. Ahora es detective de la policía. La coincidencia ha hecho que le asignaran el caso por resolver de la hija de su amiga de la adolescencia. Marcela, siempre Marcela.


El pasado viernes la asistenta la encontró en la bañera, en un charco de sangre. Nadie podía presagiar este duro final, de una estudiante modelo, una niña que destacaba en todos los deportes, y era la pionera en un programa de radio para niños con discapacidad intelectual. No había ninguna razón aparente para que tomara esa determinación. El suicidio.


En los azulejos, una palabra que se repite escrita en sangre "puta". El dormitorio desordenado, una lámpara rota, una decena de velas negras. Todo hace pensar en aquellas sectas satánicas famosas en los años ochenta, que proliferaban en todas partes del país.


La policía científica, está registrando en estos instantes su domicilio, tomando huellas, muestras de cabellos, huellas y fluidos corporales.
Su ordenador personal ha sido requisado, así como su smarphone.


El, no tiene valor de enfrentarse a su amada, a su rostro demacrado, con profundas ojeras y tez blanquecina. Sus miradas se cruzan, evasivas. Nadie tiene que sospechar de su incipiente relación ahora retomada.


Su segundo marido, tiene cara de pocos amigos, se acerca a la policía en un lamento " ¿Por qué? ¿Por qué a ella? ¡Malditos bastardos! ¡Locos! ¡Criminales!" Su furia hace que golpee con ímpetu , un enorme jarrón de cerámica, que cae hecho añicos, en el suelo. El tipo está abatido.


En el Anatómico Forense se le ha practicado la autopsia "muerte accidental por intento autolítico con barbitúricos". En su estómago, lleno de benzodiazepinas, un fármaco muy potente para el insomnio. La pregunta que se hace la policía es ¿Cómo estaba en poder de la adolescente este medicamento? Las sospechas recaen en Óscar, un compañero inseparable de la joven. Es un chaval de un barrio marginal, al sur de Madrid. Cerca de donde él vive se comercia con todo tipo de drogas, incluidas pastillas para mezclar, con bebidas alcohólicas, para un “viaje barato”.


El chico sale de las dependencias policiales, sin cargos. La semana de los hechos estaba de viaje en A Coruña, en el entierro de su abuelo. De ninguna manera pudo ser él.


En el portátil de la muchacha se ha encontrado un diario, María escribe, y se repite la palabra “ladrón” con insistencia en las últimas páginas.


¿Qué significará “ladrón? Hago cábalas, hasta descubrir que es un anagrama, un nombre , “¿de quién es… el nombre que aparece insistente en el diario de María?”Y yo… que he vivido cerca de la familia Roldán, no dejo de escandalizarme por seres tan viles. Me quedo pensativo… Roldán, es el apellido de su padrastro, el mismo amantísimo esposo, y “perfecto padre”. Todo está resuelto, pero no hay pruebas. Sin pruebas no hay delito.


Trascurrida una semana, encontraron en el disco duro del portátil del reconocido arquitecto Roldán, en los que se pueden visionar diversos vídeos pornográficos del padrastro con su hijastra, vestida con lencería de cuero, atada y amordazada.



No dejo de pensar en esa mirada perdida en el infinito de María.

Lola O. Rubio
MADRID