EXTRAÑOS EN EL PARQUE/Lola O. Rubio




El pasado fin de semana con los amigos fue de lo más ajetreado, después de  una despedida de soltero en Salamanca. Me despierto con un fuerte dolor de cabeza. Me miro en el espejo del cuarto de baño y me sorprendo de mi aspecto: con barba de tres días, y con un hematoma en la sien derecha. No recuerdo nada, a mi lado duerme una mujer de cabellera negra, cubierta sólo por un culotte rojo.


Preparo  un humeante café negro me reconfortará, o al menos, eso espero. La desconocida sale del cuarto, ya vestida y se despide con un ¿Nos volveremos a ver? Sacudo la cabeza, afirmativamente, con poco interés.


Voy sin rumbo. El ir y venir del gentío por las calles me causa malestar. Un mar urbano de gentes en un crisol de razas se entremezcla con las prisas de la gran ciudad. Mezcla de culturas e idiomas. No soporto el bullicio, resuena en mi cabeza un terrible ruido, martilleándome una y otra vez. Necesito con desesperación salir de la gran urbe, ir al pulmón de la ciudad que es el Parque de Diamante, dónde tantas veces fui de más chico con los compañeros de colegio, a jugar a las canicas. Y, en mi adolescencia pasear en el estanque a aquella muchacha que me tenía loco por aquel entonces, cuando apenas cumplí los diecisiete, recitando poemas de Benedetti o de Neruda.


Ahora sólo soy un solitario fotógrafo que busca rincones para disparar mi cámara fotográfica, mi vieja Canon, que me ha acompañado como reportero gráfico, primero en la guerra de las Malvinas, y como free lance en la actualidad.


Miro indiferente, a mi alrededor hasta descubrir a una mujer joven que está sentada en una terraza al aire libre, removiendo un café, con ojos perdidos, sin mirar a su alrededor. Su cabello color trigo refleja el sol en ellos, jugando con los colores del arcoíris en una bella composición. Está escribiendo algo en una libreta, absorta, sin percatarse de mi mirada. Relajada, se lleva el lápiz a sus húmedos labios. Agazapado detrás de un árbol, abro el objetivo y disparo unas pocas instantáneas. Ella, con un gesto de coquetería femenina, juega con un mechón de pelo, sin cesar de escribir en la pequeña libreta. Mira al vacío, a un punto indefinido que no logro identificar, siguiendo su mirada. Con precipitación, abandona rápido el lugar. En la mesa, se queda la libreta, solitaria, huérfana, desvalida.


Con la rapidez de mis  cuarenta años, intento correr tras ella, pero no hay ningún rastro.  Camino sobre mis pasos y con manos temblorosas, sin que nadie me vea me apodero de la libreta, que está en el suelo, abierta en la hoja final. Con estupor leo:


Por favor, ayúdeme. Puede ponerse en contacto al 555/140/255. Desirée"

 Aturdido, doy un largo paseo hasta mi domicilio, cercano al céntrico parque.

El dolor de cabeza no desaparece, me tumbo en la cama bajo un sueño reparador de no sé cuántas horas. Cuando despierto, el cielo se está cerrando. Con determinación, me dispongo a llamar al número de teléfono encontrado, con curiosidad, y por qué no: intrigado por esa bella muchacha, con cara de ángel.

  _Buenas noches, ¿por favor, se puede poner al teléfono la señorita Desirée?


Un largo silencio se escucha al otro lado del hilo telefónico.

_Señor, creo que no sabe usted el funesto desenlace. Mi hermana falleció en accidente automovilístico la semana pasada.

Debe ser un error pensé para mis adentros. Perplejo le pregunté el lugar y dónde estaba enterrada. Sin más dilación me dirijo al camposanto. Me encuentro al pie de la tumba, dónde en la lápida reza:


Desirée Müller García, fallecida a la temprana edad de veinte años. Tus familiares y amigos no te olvidamos. D.E.P.”


En la fotografía del nicho: la misma joven que fotografíe hoy en la mañana.




Lola O. Rubio


MADRID

Comentarios

  1. Fantástico relato, Lola. Una historia que deja esa amargura que se pega al lector después de leerla. Comprender que la ayuda suplicada no es posible, que el Fin cuando llega no puede remediarse. Sin duda, esa fotografía lo acompañará el resto de su vida incapaz de entender el por qué de esa experiencia. Un relato con sabor a leyenda urbana. Un abrazo!!

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  2. Un relato que nos deja ese sabor que no parece que coincida esa llamada con la persona que acaba de fotografiar, ¿seria un fantasma? Muy bueno me ha gustado mucho. Un abrazo

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Hola Lola, un escalofriante final para un relato urbano de excelente calidad y tensión narrativa.

    Lo que empieza siendo un texto con un aire a juerga entre amigos de las películas se va tornando en algo muy misterioso que nos lleva al mundo de los fantasmas, de lo inexplicable y de lo desconocido.

    Enhorabuena por tu fabulosa imaginación y por saber plasmarla negro sobre blanco, un abrazo.

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